Un glaciar en llamas

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30.01.09. La Zodiac avanza despacio sobre las aguas del lago Argentino donde el Perito Moreno asienta sus pilares. Después de una mañana lluviosa, el sol luce de nuevo alumbrando el glaciar por dentro con luz de gas. Legiones de lanzas alzadas y afiladas se juntan en fustes imposibles. Unas torres macizas se erigen en completo desorden, perforadas por ojos blandos, almenas descompuestas. En los laterales, toscos arbotantes de hielo enroñados de sedimentos se desmoronan lentamente bajo el empuje de la estructura andante. Vetas de un azul profundo cebrean la fachada entrecruzando fallas oxidadas. Al acercarse a distancia prudencial, la verticalidad de la pared helada quema la retina. Paneles pequeños se desprenden con ruido de metralla; otros, de gran tamaño, caen con estruendo de bomba, envueltos en hongos espumosos.
La fortaleza vibra de ira sorda, acompasando los gritos de guerra de sus antiguos moradores, los poderosos gigantes patagónicos protegidos del frío por pieles anudadas al cuello.
Las expediciones encabezadas por Darwin y Fitz Roy, 150 años atrás, los cazaron como conejos o los exportaron como cobayas a Europa donde murieron encadenados vestidos con traje y corbata.

Habitación con vistas al Perito Moreno

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29.01.09. Al contemplar el glaciar Perito Moreno, situado frente a la ventana de mi habitación, con ojos miopes, cansados y acostumbrados a otras escalas, tuve la impresión que la superficie brillante extendida delante mío, se asemejaba en todo a una pista de esquí alpina.
Sin embargo, al ojear el folleto depositado encima de la mesilla y al ir leyendo sus mesuraciones: 60 metros de altura, 37 kilómetros de longitud, y casi tres kilómetros de anchura, me sentí encoger de golpe, hasta tal punto que las manos de hormiga, vencidas por el peso, dejaron caer al suelo el pesado prospecto donde se alzaba un glaciar gigantesco.

Habitación con vistas al lago Biedma

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28.01.09. Al aterrizar en el aeropuerto de Calafate, me esperaba un Range Rover con un chofer mal encarado. El avión había llegado con retraso, ya eran las nueve de la tarde y nos esperaba un viaje de dos horas y media hasta llegar a la posada, único alojamiento a millas a la redonda, situada a las orillas del lago Biedma cercano al Fitz Roy, risco tubular de impresionante altura. Después de recorrer el interminable camino de piedra, desfondado por las heladas, llegamos a nuestro destino. Bajé velozmente del vehículo, a pesar de tener las vertebras soldadas por los baches, deseosa de tomar posesión de mi habitación reservada en Madrid, con la condición sine qua non de tener vistas al lago Biedma. La encargada del lugar, una argentina de voz melosa, me invitó a tomar un refrigerio en el cuarto de estar, desierto a estas horas, mientras me llevaban el equipaje a mis aposentos. Sentada en un confortable sillón frente a la chimenea encendida y después de dar buena cuenta a una pizza y unos quesos regados por unas cuantas copas de vino, mi anfitriona me guió hasta la anhelada habitación. Le seguía el paso ,concentrada en mantenerme erguida. Mi acompañante, al abrir una puerta que daba el jardín, escondido en una noche sin luna ni estrellas, me dio la mano al fin de evitar tropiezos con el suelo desigual, contándome con voz lejana e infinitamente irreal que lo sentía mucho pero que al quedar la hostería absolutamente full, había tenido que cambiar el cuarto previsto por una cabaña con mucho encanto. Me dejó en una estancia con olor a moho con el pico cerrado y la cabeza dándome vueltas. Me desnudé atropelladamente y me quede dormida ipso facto. Una agitación frenética, proveniente del lago, me despertó sobresaltada. Una mezcla de sonidos metálicos, amortiguados por chorros de agua cayendo en cascada y extrañamente parecidos al entrechocar de cacerolas y al roce de cubiertos raspando sartenes, me sacó de la cama. Presa de la curiosidad y a pesar del dolor de cabeza, descorrí la cortina. A menos de dos metros de distancia, vi, tras una ventana, como se afanaban un par de cocineros en preparar un copioso desayuno. Como siempre la imaginación me había jugado una mala pasada. El lago Biedma no se parecía en nada a las profundas aguas de mi ensoñación. En cuanto al Fitz Roy, tengo que reconocer que de no haber sido de piedra y situado en un lugar absolutamente desértico lo hubiera confundido con la torre Agbar de Barcelona.

Una habitación con vistas a la bahía de Ushuaia

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26.01.09
Al observar esta foto por el visor, recién sacada desde el hotel donde me alojaba en Ushuaia, la ciudad más austral del mundo, la luz potente del flash iluminó mi consciencia, sacando de la penumbra mi vida en tres planos:
-en el primero, los momentos de felicidad, donde dopados por las endorfinas, crecen salvajemente los tallos erectos de los lupinos rozados furtivamente por manos de pétalos.
-encajada entre el primero y el último, la rutina diaria que se empeña en arrastrarnos, diluida en la tranquilidad de un mar, cuya frialdad, disfrazada  de un  azul aguamarina, apacigua tanto como  anestesia. Subrepticiamente.
– por fin, cerrando el horizonte,  el dolor, la angustia, se agarran a las montañas australes estalladas bajo toneladas de hielo invernal y rodeadas intermitentemente, por coronas de pedruscos erizados.

Los aficionados a la botánica saben que el lupino es una planta resistente. Sus semillas de alto valor proteínico eran consumidas en la antigüedad por egipcios y mayas de manera usual. Sin embargo una ingesta excesiva de estos vegetales puede dañar seriamente la salud.

El Albatros

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24.01.09
Hoy paseando por Ushuaia no consigo quitarme de la cabeza el impacto causado por la belleza desencarnada del islote de Cabo de Hornos. Baudelaire escribió una poesía sobre el albatros, símbolo de la isla, habitada por un farero ermitaño de andar patoso y mirada infinita.
Aquí adjunto el poema.

Por distraerse, a veces, suelen los marineros
Dar caza a los albatros, grandes aves del mar,
Que siguen, indolentes compañeros de viaje,
Al navío surcando los amargos abismos.

Apenas los arrojan sobre las tablas húmedas,
Estos reyes celestes, torpes y avergonzados,
Dejan penosamente arrastrando las alas,
Sus grandes alas blancas semejantes a remos.

Este alado viajero, ¡qué inútil y qué débil!
Él, otrora tan bello, ¡qué feo y qué grotesco!
¡Éste quema su pico, sádico, con la pipa,
Aquél, mima cojeando al planeador inválido!

El Poeta es igual a este señor del nublo,
Que habita la tormenta y ríe del ballestero.
Exiliado en la tierra, sufriendo el griterío,
Sus alas de gigante le impiden caminar.