Amsterdam.

 Juanjo Fernández. Fotografía realizada en el museo Reina Sofía. http://jofz.blogspot.com

La vibración del móvil me cosquillea la palma de la mano. Un  SMS, una foto. El azul de una blusa ilumina la pantalla.  Abandono el grupo de turistas amasados delante del Guernica. Su murmullo invasivo se disgrega en partículas sordas mientras me voy alejando por un pasillo del Reina Sofía.

Una luz tamizada alumbra la geografía irregular  del suelo de cemento pulido,  me estremezco sobre la superficie de la pantalla de mi I-Phone. Continentes líquidos  se hacen y deshacen bajo la suela de mis botas. El roce de las hojas al caer sobre la tierra mojada se ha vuelto imperceptible, ya no llueve sobre mi piel y el cielo respira. El azul de la blusa aletea de pájaros y nubes  ascendentes.

El aire, filtrado por el emplomado de la ventana,  abre corredores de oro sobre el cemento. Mi bufanda conserva el olor a cedro de los brocados traídos de oriente, me despojo de mis velos al ritmo lento de tus letras, navego contigo en la lejanía cálida de nuestro primer encuentro, dos sombras azuladas unidas por el azar sobre la pared blanca de un cuadro de Veermer.

 

 Mujer leyendo una carta. Johannes Vermeer.  Rijksmuseum Amsterdam

Yalta.

 

Marc Chagall.

 

 En el Retiro la feria del libro ha terminado.

Adheridos al polvo  de los magnolios: 

 altavoces,  gritos, masa compacta.

Un hombre lee atento y solo,

un cuento de Chejov.

Bajo  cielo de estaño,

 señora rubia con boina,

pasea perrito de Pomerania.

Flores  de magnolio

caen en espiral  

sobre la hoja impresa.

El lector levanta la vista.

 Silencio blanco…

Está en Yalta,

se llama Dmitri Dmitrich Gurov,

ella Ana Serbeyevna.

El mar contra el malecón

rompe  silencios

de  moléculas en movimiento.

PS: El cuento de Chejov al cual me refiero se titula, “La señora del perrito”. Los personajes  rusos citados pertenecen a dicho cuento cuyo punto de partida se desarrolla en el balneario de Yalta.

Búfalo.

Ed Ruscha

Está amaneciendo en La Castellana desdibujada en la niebla. Un hombre avanza encorvado por la avenida. Un dolor sordo le atraviesa el pecho. Reconoce el bufido frío de la bestia. Un escalofrío le eriza la piel. Su mano izquierda se aferra a las solapas del abrigo cerrándolas convulsivamente. La derecha sostiene un pitillo, le tiembla el pulso y lo fuma a sacudidas.
Anda sin mirar, el cuerpo cavado por el miedo. Al llegar a la plaza de Colón, oye con nitidez las pezuñas escarbando el asfalto desierto. Una punzada de dolor le deja sin aliento, apoyado contra una farola. Con el corazón martilleándole el cerebro, decide continuar. La idea de regresar al apartamento vacío se le antoja insoportable. Ladea tambaleante la biblioteca nacional. Tuerce por la calle Villanueva. Jadea al subir la cuesta. Cruza Serrano, encogido, abrazado a si mismo. Unos pasos más adelante se encuentra delante de su casa, la casa de su niñez, encajonada entre dos bloques de oficinas. Mira con parpados caídos y vista nublada retazos de un jardín abandonado, ramas secas, parterres invadidos por las malas hierbas. Sacude la puerta débilmente. Se abre con un chirrido de hierro desvencijado.
El crujido de la gravilla bajo las pisadas se adhiere como una lapa a su recuerdo. Le rodean macizos de boj perfectamente tallados con forma de estrella. En su centro los rosales están cuajados de flores inglesas de perfume insinuante. Sube los escalones que lo separan de la entrada de la casa muy despacio, mimando el último fleco de vida con cuidados de matrona. Araña segundos, mantiene a distancia la bestia negra de cuerno afilado lista para embestir de nuevo. Al llegar bajo la marquesina se resbala. En su caída se agarra a un torso femenino cubierto por una túnica de piedra delicadamente plisada. El cuerno le atraviesa el pecho. La bruma le nubla la vista. Entra densa como un alud de nieve por la nariz, la boca, los oídos. Sus manos se aferran a la estatua, cincelando los contornos de su infancia recobrada de golpe. Sus brazos se enrollan alrededor del vientre mullido de musgo. Se desploma encima del pedestal. El soplo helado de la bestia se cuela a raudales en su sangre atascada, llenándola de esquirlas minerales.

Nochebuena.

 

Después de apretar el timbre de la puerta de entrada, Germán intento aflojar, sin éxito, el nudo de la pajarita que Sagrario, su mujer, le había abrochado en el último botón, reforzando el cierre con un imperdible. Después de subir la escalinata de veinte escalones de mármol de Carrara rematados con una balaustrada francesa sintió como la sangre aprisionada en la yugular le latía densamente en las sienes. Sin embargo el smoking de alquiler le venía grande; el cuerpo se perdía en los pliegues de la tela. Sagrario,  subida encima de unos zapatos de tacón  de aguja rosa chicle, miraba como la luz potente del enorme farol se reflejaba encima  de  la chepa incipiente de su conyuge.

Un mayordomo distinguido y con acento británico, les abrió la puerta. Sagrario, al observar en su rostro una mirada burlona, intento desesperadamente meter tripa. La cremallera del vestido del año anterior, que tanto esfuerzo le había costado subir,  incrustaba sus dientes en la espalda amenazando estallar.  Al entrar en el hall de la nueva mansión de su hermano, sintió como una cálida oleada de orgullo la inundaba. Delante de ella se sucedían cuatro salones ascendentes separados entre sí por un par de escalones. Encima de las losetas de mármol blancas y negras, pulidas como un espejo, se reflejaban los arabescos de las boiseries de las paredes. En el fondo, ocho escalones más arriba, su hermano Anastasio presidía una mesa de caoba maciza donde hubieran podido sentarse holgadamente una veintena de personas. Sagrario, en un equilibrio más que inestable, por culpa de los zapatos, tan empinados y tan estrechos, (que de hecho solo se calzaba una vez al año) , se agarró del brazo de su marido, cada vez más encogido, temerosa de escurrirse encima del pavimento resbaladizo.

Anastasio, al ver a su hermana, se levantó hinchando el pecho. Un violento ataque de tos  lo sacudió por sorpresa obligándolo a encorvarse. Mari, su mujer, miro con el ceño fruncido, el cenicero de plata, abarrotado de colillas, donde se terminaba de consumir un Cohíba. Las dos parejas se abrazaron  excesivamente bajo la mirada empañada por las cataratas del abuelo, Inocencio, sacado para la ocasión de la residencia donde vegetaba durante todo el año. Las dos parejas se acercaron al anciano. Ante el olor nauseabundo que lo envolvía, optaron, en un movimiento  perfectamente sincronizado, por retirarse lo más lejos posible y sentarse juntos, en el otro extremo de la mesa, a unas cuentas zancadas. El viejo era incontinente y apestaba a orín. Olor a cabras, reminiscencia olfativa de un pasado de donde Anastasio había salido cuarenta años antes, con una bolsa al hombro por todo equipaje. Inocencio debilitado por una bronquitis crónica  escuchaba, con oído atento de pastor curtido, el gorgojeo de la maquina de oxigeno, acoplada a su silla de ruedas, que le mantenía en vida mediante dos tubos transparentes introducidos en las fosas nasales. En su mente, perforada por el aguardiente, se colaba el sonido de un riachuelo cayendo en cascada y salpicado de pétalos de cerezos. Olfateaba el aire buscando  olor a hierba y a bosque umbrío donde solo quedaba una realidad plastificada y dura.

Mientras tanto, Anastasio, había colocado las copas de champagne en forma de pirámide y echaba Dom Perignon a tutiplén salpicando a los demás, con desparpajo y con grandes carcajadas, como acostumbraba a hacer de niño con el agua con sabor a azufre que manaba de la fuente del pueblo. Mari, con la mirada perdida en la superficie del plato decorado por un sol de veinticuatro kilates, se distraía desordenando la profusión de cubiertos de plata maciza ordenados de una forma que no acababa de entender. De frente, cuatro copas talladas en decenas de facetas, atrapaban la luz de las arañas de cristal de Murano lacerándole los ojos en mil pedazos. Al cerrarlos, en un intento de evitar la migraña que la acechaba, se acordaba  amortiguadamente, debido a las numerosas copas que no había cesado de tomar a lo largo de la tarde, de Anastasio y de ella a los dieciocho años. El, albañil, y ella mujer de limpieza, en la misma empresa, haciendo el amor en cualquier rincón, como dos animales en celo. Se casaron, y allí estaban, treinta y cinco años más tarde, sentados frente a frente, como dos actores desconocidos en un escenario de ficción. De no ser por la pesada cadena de oro enroscada alrededor de su cuello, Mari sentía que habría podido volarse aleteando en su traje gris humo. Medía  poco más de metro y medio  y apenas  pesaba cuarenta kilos. El oro, aparte de dañarle seriamente las cervicales, conseguía avivar las llamas rasantes, que de un tiempo a esta parte, le quemaban el estomago como rastrojo reseco.

Perdida en su ensoñación etílica, no era consciente de la mirada escrutiñadora de su cuñada que, ya había tasado, con envidia creciente, el valor de sus joyas y de su vestido de alta costura. Sagrario, al ver a su cuñada, sentada al lado del birria de su marido, no podía evitar pensar que habrían hecho muy buena pareja. Tenía, a veces, unos pensamientos un tanto… ¿lascivos?, ¡no por Dios!, hacía su hermano, pero sin embargo… ahora sentada tan cerca… su olor, su olor la penetraba…, y aquel cosquilleo… Sofocada sacó el abanico celeste del bolso de raso y al desplegarlo secamente, recobró el aplomo, achacándole al champagne la culpa de estas sensaciones  tan pecaminosas.  Empezó a almacenar en su mente, con mirada de rapaz, todos los objetos que la rodeaban con el fin de  abarrotar, mediante su evocación, su piso exiguo, y vivir un poco más asfixiada en su vivienda con estética de ganchillo.

Germán, con la cara abotargada por falta de aire y exceso de champagne, se había calzado, encima de la nariz afilada, unas gafas de presbicia y sin darse cuenta iba alargando su largo cuello descarnado por encima de la mesa, fascinado por la botonadura de brillantes, grandes como garbanzos, que lucía su cuñado. Al tensar demasiado la cabeza, no notó como el botón de la pajarita saltaba disparado como el tapón de una botella de cava recalentado pero, sí sintió, como se le clavaba la punta del imperdible en el cogote. Bajo la punzada de dolor dio un respingo hacia atrás, recuperando así su posición anterior, aunque el pinchazo le confería una expresión de mártir estreñido.

Cuando el mayordomo inglés, seguido de dos doncellas ataviadas con cofias y guantes blancos, se presentaron en el comedor con pesadas bandejas de plata cargadas de manjares, los comensales se irguieron sobre sus aposentos y Anastasio, al ver el gesto de desaprobación del mayordomo, al contemplar el mantel empapado en champagne, bajó la cabeza intentando ocultar sus mejillas bruscamente enrojecidas. Una vez el objeto del delito sepultado bajo una masa de viandas, vinos y licores, Anastasio invitó al servicio a tomarse la noche libre.

Agobiados por la abundancia, la familia empezó a picotear en silencio, asqueados por la avalancha de olores incompatibles entre sí, de yodo, de cordero, y de foie de oca, ligados pringósamente por la miel y la canela de los turrones y de los polvorones. Anastasio empezó a llenar las copas de vino del Rin y de Vega Sicilia. El cotarro, con los efluvios del alcohol, se empezó a animar. Los hombres se atrevieron con los chistes de siempre y sus mujeres se rieron para poner ambiente.

Inocencio, olvidado en su rincón, con la cabeza agachada, agitaba febrilmente las manos, intentando aferrar con sus dedos huesudos, mariposas de colores. Al darse cuenta de ello, Sagrario dio un codazo a su hermano. Los dos, ya beodos, estallaron en una sonora carcajada. Mari, al ver el plato de su suegro con los relámpagos de veinticuatro quilates hiriéndole las pupilas, se levantó enfurecida, agarró medio bogavante por la pinza y lo depositó en la escudilla del viejo tapando de una vez el sol asqueroso.

A partir de este momento, la velada se volvió muy animada. Bajo las palmadas de su cuñado, el empleado de banca se inflaba como un globo y Sagrario abrazada a su hermano cantaba villancicos con voz de cabaretera. El abuelo, en su gesticulación desmembrada, se empapaba los dedos de churretones de mayonesa. Se restregaba las cuencas hundidas de los ojos como un niño cansado. Riadas de salsa rellenaban los surcos renegridos de sus arrugas dando a su piel la tonalidad amarilla de un  chino. Mari, se acordó de un sombrero, traído de un reciente viaje a Tailandia. Con paso inseguro lo fue a buscar y lo plantificó encima de la calva verdosa del abuelo. Al verlo, ataviado de esa guisa, se desternillaron todos de risa y siguieron comiendo y bebiendo  hasta que explotara la cremallera del vestido de Sagrario bajo la carcajada de todos los comensales. Menos la del abuelo. Tenía la cabeza inclinada hacia la derecha y la boca torcida en el lado contrario. Los tubos de oxigeno colgaban retorcidos sobre las mejillas donde habían hecho masa con la mayonesa. Una baba espesa resbalaba pesadamente en la comisura de sus labios morados. La piel de la cara, pálida como la cera, estaba salpicada de manchas moradas. Los párpados caídos, pero no del todo, dejaban pasar una mirada vidriosa y estática. Los cincuentones lo rodearon lanzando alaridos apaches afanándose en despertarlo para un último brindis. Como no lo consiguieron y eran, ya, las tres de la mañana, Anastasio le colocó en la palma de la mano la base de una copa de champagne y su hermana acopló los dedos agarrotados alrededor del cristal. El bancario la llenó derramando media botella. Mari le puso la otra mano encima de la mesa. La encontró fría y la tapó con una servilleta. Brindaría solo.

Las dos parejas se despidieron hasta el año siguiente.

A la mañana, el mayordomo se encontró al abuelo helado con la mano rígida aferrada a la copa de champagne intacta. Cuando, con gesto respetuoso, intento tumbar el cadáver encima del sofá más próximo,no pudo. El cuerpo había adoptado la forma de la silla. El sombrero olía a enea. Una sonrisa compasiva atravesaba su cara de viejo ermitaño.

A veces en Madrid fluye el Mekong.

  

Petit Mekong. Gabriel Schmitz 

Sale a la Gran Vía al atardecer, ingrávida de cansancio, derretida de masajear con toda la fuerza de sus escasos cuarenta kilos, cuerpos sobrealimentados. Las horas han obturado sus poros de capas de ungüentos.

Empieza a llover torrencialmente. La gente se apresura. La boca de metro está cerca. La empujan, le chillan cosas que no entiende.  Se ha quedado sola sobre la acera. Levanta el rostro hacia el cielo invernal. Tan bajo. El agua la inunda. Hojas muertas revolotean a su alrededor. Los  coches la salpican de barro líquido. Los motores vibran.

Los motores de las barcazas  del Mekong vibraban de otra manera, a trompicones. Toneladas de arena, de bambú, de arroz, de frutas tropicales, de verdura, las hundían en el agua.  El humo del gasóleo escocía la nariz, su combustión imprimía estelas irisadas. Navegaba sin miedo  en su barca de remos cruzados. En la proa su padre había pintado dos ojos. Los demonios del río no le asustarían ni tampoco los  nueve dragones  de fauces abiertas. Lo que ignoraba su padre es que no le asustaban ni los demonios ni los dragones. Solamente los peces. Los peces que llevaba al mercado de Chau Doc en cestas de mimbre. Para distraer su miedo  se aventuraba al amanecer en solitarios laberintos acuáticos sombreados de manglares y palmeras. Levantaba el rostro hacia el arco de sus copas inclinadas. Unas alas de libélulas zumbaban, suspendidas, en la jungla entrecruzada  de luz. Alas transparentes y ligeras. De tanto contemplarlas  el frescor se desvanecía de golpe y el calor estallaba taponando el olfato  del hedor de los peces. En el sótano de su casa flotante, piscifactoría como las hay a miles en la embocadura del Mekong, oía los coletazos de la marabunta hacinada. Tumbada contra las lamas mal ensambladas del suelo  la espiaba devorándose en la  humedad  oscura. Cuando se levantaba, escamas viscosas se pegaban a su ropa, mates de penumbra. 

En el mercado una turista le regalo una muestra de perfume, – se llama vuelo de noche- , le dijo el guía en su idioma. Al abrir el frasco unos olores insospechados liberaron sus sentidos atrapados entre redes pestilentes. El ámbar acarició suavemente sus párpados, la  vainilla impregnó su dermis, el talco suavizó la aspereza de las agallas y la seda con reminiscencias de iris armó sus sueños evanescentes de alas de acero listas para emprender el vuelo.

En la orilla de la Gran Vía, los coches la siguen salpicando. Siente la humedad colarse a través de la ropa mojada. Se apresura hacia la boca de metro. Baja las escaleras hasta las entrañas de la ciudad. Es hora punta. Entra en un vagón, repleto de gente. La masa la apachurra, manos ásperas la rozan, le falta aire. Siente una opresión en el pecho y unas  ganas irrefrenables de huir.