Elucubraciones veraniegas. 19/08/2010

De: Anne

Para: ti

Enviado: 19 de Agosto del 2010

Asunto: Verano

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Haces bien en reñirme, hace mucho tiempo que no te mando un mail. La pereza me tiene secuestrada. Llevo semanas sin escribir, sin leer. Solo intento sentir. Sentir el verano. Sentirlo con fuerza para ti, para que sepas lo que siento, para que sientas como se hunde tu cuerpo en la suavidad de las dunas y se queda quieto hasta que tus poros se acoplen a la quietud movediza de la arena y convertirte así, en roca desmenuzada, brillante de mica.

Para que nades en un mar helado y tu piel se contraiga bajo el impacto del frío, para que tu sangre arda al precipitarse dentro de tus venas, dilatando de nuevo tu cuerpo rodeado de partículas de luz.

Para que un perro peludo empiece a andar a tu lado y el olor acre de su pelaje se adentre en tu nariz anulando el perfume agridulce de las moreras.

Para que cuando te tumbes sobre la pradera, te quedes en suspenso al escuchar el silencio bajo la hierba. El silencio denso de las hormigas.

Para que levantes más a menudo la cabeza y tus ojos se queden pegados al movimiento de las nubes deseando detener en tus pupilas, su  avance, su color cambiante, sus sombras frías y como no puedes hacerlo, alces tus brazos abiertos en un intento de abarcar el cielo y ceñir el instante.

Para que contemples una puesta de sol conmigo, una copa de Calvados en la mano. El aguardiente quema nuestras bocas, impregna nuestras papilas del sabor ácido de las manzanas, del olor cálido del roble. La quemadura se despliega en abanico por nuestros paladares, los acaricia con varillas de terciopelo hasta hundirse en el mar rojizo de nuestras gargantas con el sol a cuestas.

 Te mando un abrazo muy sentido,

Anne

Elucubraciones veraniegas. 27/07/2010.

 

De: Anne

Para: ti

Enviado: 27 de Julio del 2010

Asunto: Hongos alucinógenos 

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Me preguntas que es de mi vida y solo te puedo decir que el contacto con la naturaleza  me está convirtiendo en una mujer más vaga y soñadora. Te adjunto una anécdota para que te hagas una idea por que senderos me está llevando esta fatal conjunción de pereza y ensoñación.  

El miércoles pasado me encontraba en Trouville, pasando unos días en casa de mi hermano, cuando, a la hora del café, empezó a llover suavemente. Detrás de los ventanales de la villa, situada en lo más alto de una colina, playa, mar, cielo y arena, se superponían en un vaivén irregular de transparencias  grises. Presa de un fuerte deseo de pasar al otro lado de la ventana me escabullí discretamente. Las voces de mis familiares y el chirrido de los goznes de la puerta al cerrarse se fundieron en un sonido único que se apagó de golpe, tragado por la espesura de los muros y el repiqueo de la lluvia.

Los tablones de madera del paseo, dispuestos encima de la arena, brillaban, encerados de lluvia. Traspasada la ventana, me deslizaba dentro de un paisaje de manchas en perpetuo movimiento. Después de una larga caminata empecé a notar como mi jersey, empapado de lluvia, pesaba demasiado. Cansada me senté sobre la arena porosa. Las nubes  se quedaban adheridas en capas movedizas encima de la película de agua dejada por el mar al retirarse. De él solo se oía el rumor. La lluvia  había cesado.

 Olía a algas y lana mojada. Mi piel no olía a nada hasta que una ráfaga de viento se coló por mis oidos y mi nariz obturando mis poros de sal y rasgando la oscuridad del cielo para dejar paso a una luz plateada. Una aureola de un violeta pálido y calmo nimbó los contornos  del hotel llamado “Les Roches noires“. Detrás de una ventana, una mujer destruida escribía su dolor de tanto esperar. Se llamaba Marguerite Duras. Al morderme los labios, mi sangre sabía cálida y dulce. Un poco acre. 

Un abrazo,

Anne

PS: ¡Te juro que en Normandía, tal vez por falta de sol, no crecen hongos alucinógenos!