Papallacta se escribe con M de melancolía

 

Ecuador 068

A 3.500 metros de altura escasea el oxigeno. Ha llovido toda la noche. El sendero está embarrado. Las botas de goma adhieren al lodo con ruido de ventosa. Pequeños desprendimientos de tierra dificultan el paso. Unas casitas de bloque de hormigón a medio hacer, salpican el páramo borrascoso. Las ventanas carecen de cristales. Las puertas de tablones desvencijados,  golpean los marcos en un crujido intermitente y monótono. Delante de las fachadas, prendas de colores vivos y desteñidos, cuelgan de cuerda distendidas. Una indígena vieja baja al pueblo midiendo sus pasos, la vista clavada en un cubo de plástico azul rebosante de leche. Anda encorvada apoyada sobre un bastón de madera sin pulir. Un sombrero de fieltro negro de ala estrecha cubre su melena blanca enredada por el viento, sombreando unas arrugas profundas y entrecruzadas, mapa cruel de pobreza y de hambre. Al acercarse a los 4.000 metros la respiración se hace pesada, el andar torpe, el pensamiento lento. Una cabaña solitaria con techo de paja, pegada contra el flanco pelado del volcán, rezuma humedad. Un poco más lejos, cercano a un árbol, palo desnudo y retorcido, brota un manantial de aguas turbulentas con sabor a azufre.

08.06.09 Hacienda Zuleta

Amanecer Son las seis de la mañana. Amanece en la hacienda Zuleta situada al norte de Quito, cercana a Colombia. Descorro las cortinas. Unas nubes bajas se agazapan en los flancos frondosos del volcán apagado. Abro la ventana , huele a pradera salpicada de musgo. A estiércol. A flores cerradas y frías. Imantada por la belleza del paisaje, me visto apresuradamente. Abro la puerta. Una corriente de aire la cierra .Los pasos retumban sobre los adoquines de piedra del patio de la hacienda. Suenan a leyendas, a espíritus de muertos o vivos confundidos en la niebla. 

Caballos

Franqueo el portalón de entrada, una manada de caballos blancos y grises pasan a mi lado en un silencio quedo. Los zapatos se hunden en la hierba cada vez mas esponjosa. Empujo una cancela.

Opio

 La cancela de un huerto. Un huerto de ensueño. Se alinean en perfecto orden, coles, remolachas, alcachofas y lechugas. Un camino rectilíneo lo separa en dos. Rosales antiguos de capullos pequeños y perfumados lo bordean. Unas flores de opio de belleza nacarada crecen salvajes entre las espinas. Levanto la mirada de las hortalizas al cielo. Y miro. Hasta perder el aliento.

Montaña

 Un cóndor vuela, veloz, envuelto en una corriente. Ebria de belleza me crecen alas. Sobrevuelo valles, laderas empinadas donde bajan riachuelos cristalinos. El agua sabe a cal. Unas llamas descansan a la sombra de los eucaliptus mientras pastan unas vacas negras y lustrosas.

Vaca

 He vuelto a Quito. Rodeada de edificios y de ruido, sigo sobrevolando la hacienda Zuleta, al son de mis zapatos golpeando los adoquines. No he mascado hojas de coca, ni tampoco tomado ningún opiáceo. Sin embargo una extraña exaltación me nubla la razón. Un flechazo quizá. Amargo y dulce. Apasionado. Inolvidable.

patio

Volando de Madrid a Quito

80583743[1]

 

Cuando sueño despierta mi mente se aleja del cuerpo a velocidad supersónica y mi refugio secreto se asemeja en todo al paisaje ingrávido que mis ojos contemplan por la ventanilla del avión donde apoyo la frente indolentemente:
La consistencia caprichosa de las nubes, el sentirse amanecer cuando amanece, el estado intermedio de velocidad en suspenso, el estirar o encoger el tiempo, el lugar impreciso, todo ello refleja fielmente la geografía sorda de mis sueños donde, por cierto, os he echado de menos.