Sobrevolando los Andes

avion11Los Andes, vistos desde la ventanilla del avión, parecen creados por un dios harto de cansancio, violento e irascible, enloquecido por los efectos de potentes hongos alucinógenos. Centenares de picos asaltan sin descanso un sol al rojo vivo, lanzas afiladas y dentelladas siempre vencidas por los vientos helados de la Antártida. Las humildes figuras de barro del Museo Precolombino de Santiago, se arrastran por mi cabeza sobreponiéndose al paisaje inhumano. Sobreviven con la muerte en bandolera. Unas fumando hierba con ojos lineales. Otras mascando coca, carrillos descarnados inflamados de hojas enquistadas y ojos que no ven abiertos como platos.

Un lugar tranquilo

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Esto, aunque no lo parezca, es el patio de una librería donde uno puede sentarse a tomar una bebida leyendo un libro sin ninguna obligación de comprarlo aunque todas las obras estén a la venta. Sin embargo la bebida es de pago obligado, así como también lo es, un trato esmerado de los libros consultados. Encima de los estantes unas papiroflexias cohabitan armoniosamente con los lomos de los libros. Es un mundo de papel y así se llama este pequeño oasis situado en el barrio de Bellavista.
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Al ser amante de las casas, cuando visito un lugar tengo la costumbre de buscar una vivienda donde me seria placentero vivir. En Santiago todavía no lo había encontrado. Hasta esta mañana. Paseando por la calle Constitución, a una cuadra de la librería, se vende una pequeña casa pintada de verde. Nada más verla supe que quedaría para siempre en mi cabeza como mi hogar chileno.

Pisco sour

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Neruda, al contemplar la bahía de Valparaíso desde la ventana de su casa situada en lo alto del cerro La Florida, escribió:

“¡El Océano Pacífico se salía del mapa!
No había donde ponerlo. Era tan grande, desordenado y azul que no cabía en ninguna parte.
Por eso lo dejaron frente a mi ventana.”

Delante de mi ventana no hay ni océano, ni mar, ni río, ni siquiera un pequeño charco. Pero si un muro cubierto por la exuberancia de una clemátide rebosante de flores azules y malvas donde mis ojos bucean alegres después de tomar unas copas de pisco sour.

Solo fachada

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Paseando por Santiago, a dos pasos del centro financiero, dominado por la imponente mole del Santander, me doy de bruces con un palacio de piedra caliza de reminiscencias italianas. A lo lejos llama la atención la blancura de su fachada, sus delicados balcones de hierro forjado, sus ventanas esbeltas redondeadas en su cima. Sin embargo, al levantar la mirada, los ojos echan de menos el tejado y al acercarme un poco más y asomarme a una de sus ventanas carente de cristales, solo puedo contemplar un solar donde se amontona todo tipo de chatarra. En una esquina una pareja de ancianos de piel curtida se protege del calor a la sombra de una esplendorosa buganvilla. Dicen que un terremoto derribó la estructura interior hecha de madera y adobe. Al alejarme me doy la vuelta, presa de un brusco sentimiento de pérdida y detrás de la ventana más alta, situada encima del portón de entrada, el azul del cielo borra de golpe todos los sonidos de cristales opacos y estallados que a menudo rechinan en mi cabeza.