ECLIPSE DE LUNA.

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Surgido de la boca del metro,
aquí estabas, cegador de luz,
tal como te había creado
en la soledad de mi escondite.
Tenías paso de fiera cansada,
de la fiera poseías las crines,
el oro líquido de la mirada
que envuelve y aniquila,
pero eras tan joven,
y yo, tan vieja,
que me apoyé en el vacío
viendo como tu sombra se alejaba
sorteando el flujo centelleante
de los coches, que, como una ola,
te tragaba en el atardecer rojizo
de la puerta de Alcalá.

Ceremonia en el jardín salvaje. Cyclamen.

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Cyclamen

 

Como en los primeros días del mundo,
la luz, veteada de humus, brilla sobre mi piel,
mi corazón salta como un animal, revienta las redes,
desbocado, loco, humeante de niebla,
lejos de la palabra, del ruido y de la furia,
enroscado en el rumor de la savia.

 

 

Todo es ceremonia en el jardín salvaje de la infancia. Pablo Neruda.

 

 

Paseando por la península del Cotentin (Normandia) y más exactamente en Fermanville.

Queridos lectores y amigos, como en Europa estamos en verano, aunque por estos lares, no lo parezca, he decidido tomarme unas vacaciones y cambiar la pluma por la cámara de fotos. No soy buena fotógrafa pero… ¡voy a intentar mejorar! Mi plan es llevaros conmigo de paseo y haceros descubrir mis rincones preferidos.

¡Abrigaros bien que, hoy, de manera absolutamente excepcional, no hace nada de calor y sopla viento!

Ahora estamos entrando en un pequeño valle colindante a una playa llamada “L´Anse du Brick”. El suelo es muy resbaladizo. Ayer llovió a mares y hay barro.

Riachuelo del valle. Sonido cristalino, blanco, ¿uterino?

Cielo reflejado en el riachuelo, luz negra de Chillida. ( ¡En realidad he puesto esta foto porque me parece que me ha salido mejor que la otra!)

Musgos. Os presto mi mano para tocarlos: unos son esponjosos, otros más ásperos, pero todos huelen a naturaleza virgen y secreta.

Ahora vamos a salir de este pequeño valle y subir una cuesta bastante empinada de unos trescientos metros.

Cambio de escenario: ¡ Mis landas! Helechos y brezos  ¡El lugar más hermoso del mundo!

Vista del Cap Levy.

Uno de los bunkers  que salpican el paisaje. La mayoría están semi enterrados y  recubiertos por la vegetación. Este es mi preferido ¡Mi terreno de juegos cuando era niña y no tan niña! En cuanto a la vista, es sublime. Hoy no se aprecia, pero lo es ¡Me podéis llamar chauvinista con toda la razón del mundo! Lo asumo.

Como el tiempo amenaza lluvia, ¿os parece que demos por terminado el paseo?

Espero no haber abusado de vuestro tiempo y os ruego no dejar comentarios, ya que os mando estas fotos a modo de postales.

Un abrazo de vuestra amiga,

Anne, la normanda.

Juanjo Fernández, fotógrafo. Vivimos como soñamos: Solos.

Adolfo Suárez.  Fotografía Juanjo Fernández.

El relato que sigue está inspirado  en la exposición de fotografías que  presenta Juanjo Fernández en el Ateneo de Madrid, calle del Prado 21, hasta el 16 de octubre. Vivimos como soñamos: Solos.  Es mi pequeño homenaje a un gran fotógrafo y a un amigo entrañable.

¿Y si la vida no fuera más que una plaza circular? Una plaza abarrotada por millares de átomos que se unen y desunen, se integran y  desintegran como partículas de polvo en suspensión. Una plaza como lugar común para vivir la experiencia, nada común, de cruzar un escenario alumbrado con potentes focos y acordonado por un patio de butacas donde flotan  sombras que se cuelan por los soportales para poblar nuestros sueños.

A veces un ruido de cerrojos nos llena de espanto, o peor aún, el silencio en medio de la multitud.

Miramos a nuestro alrededor, todo sigue su curso, la gente nos rodea, nos empuja, nos obliga a seguir. Una escuadrilla de polillas aletea en nuestro estómago, sensación de miedo atroz que, por otro lado,  no puede ser más que virtual, ya que en el mismo instante del ruido y del silencio, estábamos bailando un vals sobre una pradera de tréboles de cuatro hojas, borrachos de amor, de amistad y de esperanzas.

La escuadrilla de polillas que aleteaba en nuestro estomago corta el cielo con sus alas de acero. Devora nuestros recuerdos. El castillo de naipes se derrumba. Avanzamos entre nuestros escombros, la rigidez de nuestras mandíbulas nos tiraniza de tanto apretarlas para no dejar escapar ningún grito que pudiese delatar la ruina de la carcasa.

Nos obligamos a reiniciar un presente donde poder caminar. Un presente blando como los relojes de Dalí donde moldeamos un pasado al cual nos agarramos, por muy escurridizo que este sea, hasta que una borrasca nos lleve fuera del escenario, en la inmaterialidad compartida de los sueños.

Un mendigo. Fotografía Juanjo Fernández.

Vivimos como soñamos: solos. 

Espacio Prado, Ateneo de Madrid

Calle Prado 21

Entrada libre. De lunes a viernes de 17 a 20.00 horas.

Del 1 al 16 de octubre de 2011

Un hombre y su perro.

 

Perro semihundido. Goya.

 

 

Era un domingo por la tarde.

Era un hombre que paseaba a su perro por los senderos del Retiro. Senderos con el mismo olor a humus que respiraba antaño en los valles de su tierra.  Andaba a paso ligero (había sido corredor de fondo) y aunque la nicotina  iba atascando sus pulmones (lo confirmaban la radiografías) le gustaba poner su cuerpo a prueba.

Era un perro viejo que seguía a su amo, hacía tiempo que  la correa lo dejaba sin aliento…  la correa y algo más…  un hueso o quizá una piedra que se hubiera tragado sin querer y  que día tras día extendía sus raíces dentro de sus pulmones, como lo hacen las raíces de los nenúfares en aguas pantanosas. Un perro que, de repente,  sintió un dolor intenso en el pecho y se derrumbó sobre el suelo a pesar de la correa que lo estrangulaba del todo.

Era un hombre, que al sentir una traba entorpecer su paso, se paró en seco, se dio la vuelta y al ver a su perro tumbado sobre el camino, patas arriba, corrió hacia él y se inclinó justo a tiempo para recoger la última mirada de su compañero, una mirada llena de dulzura y de empatía.

Era un hombre, que al ver a su perro muerto, lo dejó en la cuneta. Volvió a su casa por los paseos de asfalto, corriendo entre la muchedumbre que lo ahogaba…  la muchedumbre  y algo más, una corriente glacial que día tras día lo aspiraba en el abismo hueco de su cuerpo por mucho que se empeñara en mantenerla a distancia.

Era un hombre que, al llegar a su casa, donde nadie lo esperaba, se desplomó encima del sofá, un pitillo en la boca, el mando de la tele en una mano y una cerveza en la otra. Mientras se concentraba en no pensar en otra cosa que en el partido de football que se desarrollaba  sobre la pantalla, el abismo que tenía dentro lo succionó de un lengüetazo helado.

Era un moribundo, que no vio, como dicen que se ve, las secuencias de su vida rebobinarse a toda velocidad. Solo vio la escudilla de su perro. Claro es, que se pasó la vida corriendo (huyendo, decían los que lo quisieron).

No resulta fácil filmar a una persona que atraviesa la vida de forma tan rápida y mucho menos seguirlo, suspiraba a diario  su perro con la lengua fuera.