La trampa.

Junto a la ventana. Edward Munch.

El jeep volvió a derrapar sobre al camino helado acercándose peligrosamente al barranco que lo bordeaba. La carretera con restos de asfalto había quedado atrás, al final de la aldea, una decena de casas abandonadas, donde se empeñaba en vivir el antiguo guardabosques, un viejo sordomudo con quién Jorge  mantenía largas conversaciones. El viejo miraba fijamente sus labios, a veces meneaba la cabeza de arriba abajo, otras  emitía sonidos  soterrados y la voz  fluía, sin interferencias, en la mirada ribeteada de rojo  hasta desbordar por el agujero maloliente de la boca desdentada.

Al frenar delante del refugio de montaña, el coche patinó de nuevo. El suelo estaba muy resbaladizo. Jorge tardó en descargar las bolsas de víveres. Andaba a pasitos cortos, temiendo caerse. No tuvo que girar la llave en la cerradura, la habré dejado abierta la última vez, se dijo encogiendo los hombros. Cincuenta años no son tantos para que me falle así la memoria, reflexionó mientras pulsaba el botón del generador. Arrancó al instante con ruido de motor al ralentí. Después de abrir las dos ventanas que flanqueaban la puerta, Jorge se acercó a la estufa. Al coger unos rastrojos y unos leños  que almacenaba en un hueco de la pared, notó como una masa velluda  rozaba su mano derecha erizando la piel de inmediato. Malditos roedores, masculló, el gesto torcido por el asco mientras disponía la madera en el hogar. Tardó en arder.

 Después de colocar un cepo en la leñera, Jorge  abrió una lata de cerveza, se tumbó encima del sofá situado frente a la chimenea y al hacerlo oyó el crujido de las cervicales al apoyarlas sobre el reposabrazos. Colocado de espaldas a la entrada su mirada atravesó  sin verlos los enseres destartalados y polvorientos que llenaban el espacio. El escritorio colocado tras suyo absorbía su mente tanto como la mochila  tirada encima y su maldito contenido. El borrador aburrido de una novela negra fallida en su base, las imprecaciones despreciativas del editor, almacenadas en el móvil, acalladas por falta de cobertura. Detrás de los gritos susurraban otras voces, inaudibles en la lejanía.

Al enfocar los ojos sobre los dedos  agarrotados alrededor de la lata, Jorge notó que los tenía amoratados. Consultó el reloj. Las cinco de la tarde. Le daba tiempo dar un paseo antes del anochecer, le vendría bien estirar el esqueleto, hacer ejercicio, despejar la cabeza. Del coche cogió  las zapatillas de trecking que tenía siempre a mano. Le dió pereza volver a casa para buscar la cazadora de alta montaña. Con el calzado adecuado podría andar a paso de marcha. No pasaría frío. Salió con el chaquetón de paño que llevaba puesto.

No había nevado desde hacía tiempo. Bajo la fina capa de hielo  se transparentaba una  tierra negra y dura. Al adentrarse en el bosque de robles y abedules, la luz gélida del atardecer se colaba, movediza, entre ramas agitadas por punzadas de viento. Jorge levantó los ojos.   Fascinado por la enrevesada arquitectura  vegetal siguió andando con la cara alzada. Un clic, un dolor punzante en el tobillo, una caída brusca, un golpe en la cabeza.   
Los párpados pesaban como plomo. Después de varios intentos para salir del letargo Jorge consiguió entrever la bóveda negra de una cripta alumbrada por el foco brillante de la luna. La escena clave y no resuelta de su novela. Incorporarse le supuso un esfuerzo enorme. La frialdad de los peldaños le llenaba la espalda de coletazos. Dobló el torso rígido. Al bajar la mano, tropezó contra una lazada de metal incrustada en el tobillo hinchado. En el extremo, colgaba un pie. Intentó zafarse de la trampa, soltar el gancho. Los dedos no respondían. Los acercó torpemente a la boca. Hundió  los dientes  en una masa acartonada donde dejaron una dentellada circular manchada de sangre. No sentía ningún dolor. Un ente extraño se estaba adueñando de su cuerpo.  Extenuado, Jorge se desplomó contra el suelo quebradizo. Antes de cerrar los ojos, la boca abierta en busca de oxigeno, percibió un crujido cercano. Ladeó la cabeza. La figura agazapada del guardabosques le estaba acechando entre  matorrales.

El grito. Munch.

Los párpados pesaban plomo. Jorge recordó confusamente que la última vez que cerró los ojos, cayó en un hoyo tan vacío, inodoro y silencioso que pensó que estaba muerto. Sin embargo, notaba como el corazón bombeaba sangre a trompicones volviendo a llenar sus arterías resecas.

Al intentar mover las piernas, sin éxito por encontrarse encajonadas, un latigazo de dolor le sacudió el tobillo perforándole el cerebro. La cara le escocía de forma insoportable. Levantó con torpeza el brazo derecho, cruzado sobre el otro encima del pecho. Oyó el rasponazo de la tela del chaquetón encima de una pared irregular. Consiguió acercar la mano a la cara pero no consiguió rascarse, los dedos rígidos se quedaron en suspenso, aflorando la piel, para desplomarse, amorfos, sobre la garganta. Concentró toda su energía en abrir los ojos. Su mirada se volvió bizca al tropezar contra un tejadillo abovedado, de una oscuridad sucia, situado a medio palmo de la cabeza, quebrado a intervalos regulares por delgadas líneas de luz macilenta. Del tejadillo colgaban unos filamentos oscuros. Uno de ellos le cosquilleaba la nariz. Estornudó. El filamento cayó encima de sus labios entreabiertos. Lo apresó con la lengua. La tenía hinchada. Su paladar tardó en reconocer el sabor a madera. Al estar lleno de aristas, lo identificó como una astilla.

Al escupirla, el brazo, que todavía descansaba encima de su pecho, se le antojó una losa comprimiendo la respiración vuelta sibilante. El costado izquierdo no estaba tan pegado a la pared como el derecho. Logró amoldar el brazo en el hueco. La manga del chaquetón debía de estar rasgada, irregularidades del suelo arañaban trozos de piel. Un clic muy fuerte, a la altura de la mano, retumbó en el zulo. Levantó el brazo y al ver un cepo para ratones colgando de la yema de su dedo índice, empezó a temblar. Escorzó la cabeza hacia atrás. Le crujieron las cervicales, exactamente igual que al apoyarlas sobre el reposacabezas del sofá, cuyas patas vislumbraba entre los intersticios de la rejas donde se escurrían los ojos entornados.

Al conocer las dimensiones de la leñera, por haberla llenado de troncos, la falta de aire se hizo más acuciante. Hizo reptar el brazo izquierdo hacia su cabeza, el cepo le rozó la oreja. Sintió la frialdad del muelle enroscarse levemente en el lóbulo para soltarse de inmediato. Con el brazo, colocado en ángulo recto por encima de la calva, empezó a sacudir la reja. Bien atornillada, metió ruido de feralla pero no se movió. El aleteo de la respiración, cada vez más corta e irregular, zumbaba en los oídos alejando el bombeo sordo del corazón alocado.

La estufa debía de estar funcionando, la pared derecha desprendía fuego. El sudor resbalaba sobre la piel, empapaba la camisa, los pantalones, caía en cascada sobre los ojos cerrados. Jorge intentó concentrarse en el vendaval que sacudía las vigas del tejado, en el viento colándose en las ramas, se obligó a proyectarse fuera, a llenar sus pulmones del aire helado de la montaña.

La cabeza empezó a dar vueltas a toda velocidad produciendo arcadas. Por la nariz solo entraba un hilito de aire. Jorge abrió la boca muy redonda, como un pez en una pecera sin agua, y entonces, solamente entonces, se acordó de un agujero maloliente desde donde veía manar, complacido, las millones de palabras encerradas en sus libros, aclamadas por vehementes gestos de cabeza.

La imagen en blanco y negro del guardabosques agazapado en la sombra le agarró por el pescuezo. Del cuerpo de Jorge, sacudido por espasmos, empezó a salir un grito de terror al que solo podía poner fin la falta total de oxígeno.

PS: este texto hace parte de una serie de relatos que giran alrededor del concepto del viento, del aire. Como soy un tanto contreras me he decantado por la idea de falta de aire, que además, ¡me venía de perlas para contar esta historia! Los promotores de la iniciativa son micromios y David Silva. Encontrareis los enlaces a sus blogs en mi blogroll.

Adjunto la lista de los participantes:

http://chrieseli.wordpress.com/2010/02/04/entre-las-nubes/
http://emieatworld.wordpress.com/2010/02/05/la-edad-y-la-agricultura/
http://noentiendonada.wordpress.com/2010/02/05/dorotea-y-el-tornado/#comment-359
http://conchahuerta.wordpress.com/2010/02/09/solo-el-viento/
http://cstax.wordpress.com/2010/02/07/idiotas/
http://silvacamache.wordpress.com/2010/02/03/un-regalo-del-viento/
http://micromios.wordpress.com/2010/02/03/el-viento-y-la-furia/
http://efimero.wordpress.com/
http://cuentochino.wordpress.com/

Autoretrato. Edward Munch.

Unos pasos resonaron encima de las losetas, unos pies se inmovilizaron delante de la leñera, unas botas claveteadas empezaron a dar violentas patadas a la verja. El grito se apagó de golpe sepultado bajo la laringe de Jorge contraída por el terror. Una llave chirrió muy cerca. La reja se abrió violentamente. Unas manos le agarraron con fuerza por debajo de las ingles, lo arrastraron fuera del zulo, lo auparon encima del sofá. Las cervicales, al apoyarlas encima del reposabrazos, debieron de crujir. Un alarido de dolor rasgó el espacio borrándolo todo.

El tiempo se detuvo una vez más. Al abrir los ojos vidriosos, una luz transparente iluminaba el escritorio, la mochila abierta, y la espalda del guardabosques ligeramente encorvada encima del escritorio. Estaba sentado de costado. Su mano, agarrada a la pluma de Jorge, corría encima del borrador abierto. El tiempo discurría al ritmo de hojas ennegrecidas de tinta apilándose una encima de otra. La cabeza de Jorge se balanceaba con cadencia de metrónomo. Una melodía oculta en pliegues secretos sonaba en sordina, fricción lancinante de cantos de papel en re menor.

Un sonido áspero sacó Jorge del sopor donde se hallaba sumido. El guardabosques arrastraba la silla desde la mesa hacía el sofá. El tiempo había seguido su curso. La luz del atardecer se colaba rojiza por la ventana. Una rama retorcida golpeaba el cristal. Los dedos del guardabosques, secos como sarmientos, le apresaron el cuello, retorciéndolo, posicionando la cabeza de tal modo que la mirada de Jorge iba a morir en la boca desdentada. Los labios agrietados empezaron a esbozar movimientos coordenados. Una voz salvaje, largamente reprimida, desbordaba con violencia de aquel agujero negro. El viejo iba leyendo, folio tras folio, el borrador de la novela acabada en unas horas de manera brillante. Narraba con precisión lo que le había sucedido a Jorge en estas últimas veinticuatro horas, lo que le estaba sucediendo y lo que le iba a suceder. Ya poco importaba. Jorge no sentía nada, solamente como la vida se iba alejando a pasitos quedos.

Jorge, antes de ser empujado hacía el vacío profundo del valle donde su corazón dejaría definitivamente de latir, fue resolviendo el enigma de su vida. Cuando había comprado el refugio, veinte años atrás, huyendo de su vida de pianista fracasado, nada le hubiera hecho suponer que en la huida iba a encontrar el éxito. Después de forzar el candado de la leñera, encontró una decena de cuadernos de espiral cubiertos de polvo. Se pasó unos días leyéndolos sin descanso, absorto por la genialidad de lo que resultaron ser unas novelas. Había fracasado con la música. La literatura, aunque usurpada, le iba a traer la gloria. Jorge asistió al éxito de la primera novela en calidad de participante estupefacto. Tras cada nueva publicación se adueñaba un poco más de la obra. Conforme iban pasando los años se iba desdoblando esplendorosamente como la cola de un pavo real. Adoraba al escritor talentoso que siempre había sido y que la todopoderosa ambición materna había machacado, empeñándose en convertirlo en la pianista que no pudo ser. El azar había reparado el error.

El último cuaderno estaba sin terminar. La novela era suya. Dominaba el estilo, había disecado el mecanismo de la escritura, no tendría ningún problema en zanjarla. Al acabar la novela y releerla, Jorge no pudo más que constatar que lo que había redactado no encajaba con el resto. Dos piezas de puzle incompatibles. Lo intentó una y otra vez hasta perder la cordura y volver a su refugio en busca de paz, del silencio complacido de su viejo amigo, receptáculo de la totalidad de la obra declamada de memoria; y también de su gloria exhibida con grandes aspavientos bajo la atónita mirada bordeada de rojo ¿Atónita? ¡Como había podido estar tan ciego! La mirada siempre fue torva como lo era ahora.

Un viejo inofensivo, le había dicho el pastor que le había vendido el refugio. Había llegado a la aldea, siendo todavía mozo, para pasar una temporada. Hacía falta un guardabosques, había pedido el puesto, se lo habían concedido. Los antiguos moradores de la aldea decían que había ido perdiendo el habla y después el oído. Quizá por pasarse meses sin ver a nadie encerrado en esta cabaña y las horas muertas acechando alimañas.

Puede pasear tranquilo por donde le plazca, había insistido el pastor, créame, no se le escapa ni una.

Fin

23 pensamientos en “La trampa.

  1. ☯ Me resultó familiar la búsqueda de inspiración subiéndote por las paredes, navegando por el techo y nadando sobre el piso. Con todo nuestro escritor parece tener la fortuna de poseer un lugar idílico para trabajar. Envidiable cuanto menos.
    Sublime la pincelada de Munch, la mirada soslayada al invierno.
    ✿✿✿✿✿✿✿✿✿✿✿✿✿✿✿✿✿✿✿✿✿✿✿✿✿✿✿✿✿✿
    ♡♧Abracitos♥♧
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    • Eduard, el autoretrato de Munch es una maravilla, consigue que un ser humano despida más frio, soledad y porque no ,muerte, que un paisaje azotado por los embistes del invierno
      Abrazitos, sin dibujos, no porque no quiera hacerlos sino porque no sé. Pena!

  2. Si separas al personaje de Munch (¡qué bien elegido!) de su entorno, del fondo del cuadro, la “grimace” en sus labios y su mirada torva me parecen la mejor representación del guardabosques, que nos sorprende al final del relato como cazador que acecha a su víctima, la cual, a su vez, lo es de una espantosa pesadilla. Un relato en el que el suspense flota en el aire desde el momento en que Jorge encuentra la puerta del refugio abierta. Muy buena creación del ambiente… aunque el terror queda pendiente de un hilo, de un desenlace que no has escrito y que cada cual puede imaginar a su antojo. Gracias por dejarnos, ahí, volar la imaginación (aunque eso pueda ser peligroso: ¡cuidado con los sádicos!).

    • Te agradezco, Albert, que leas tan atentamente mis textos y reflejes tan bien lo que he intentado expresar. En cuanto al desenlace lo he dejado abierto por dos razones. La primera, porque me agradan los finales abiertos y la segunda, mucho más pedestre, porque soy una miedosa de cuidado y al escribir ciertas cosas, la que se asusta soy yo!
      Te mando un cariñoso saludo.

  3. Sin duda que en este tipo de ejercicios es donde te sientes más cómoda. Se siente como fluye el relato, te imagino escribiendo de un sopetón el descenlace. Queda la pregunta para esta lectora disfuncional si acaso no será un sueño?
    Enhorabuena. Un gusto leerte.
    Saludos,

    • chrieseli, siento desilusionarte pero no he escrito de sopetón el desenlace! Soy muy lenta escribiendo, sopeso demasiado las palabras, me aburro a mi misma. No tengo remedio. Y no he pretendido escribir un sueño sino todo lo contrario, una ficción fallida que la vida se encarga de volver real.
      Un abrazo

  4. Hola Anne, te quedan muy bien los relatos de mmisterio. Muy buena descripción, y buen despeje del descenlace, me había desorientado un pcoo, jejejej…
    Saludos!

    • MX, los despistes a veces pueden tener consecuencias desmesuradas. Así que ojo! Gracias por desorientarte y caer en mi blog.
      Saludos

  5. Me gusta como narras. Por ejemplo y para que te hagas una idea de como son de absorv/bentes (la memoria se me nubla a las 11:46 de la noche y después de todo un día de leer es irónico que no recuerde si se escribe con V o con B) tus relatos, Fíjate en esta parte:

    …notó como una masa velluda rozaba su mano derecha erizando la piel de inmediato. Malditos roedores, masculló, el gesto torcido…

    Leí la parte “Malditos roedores” creo que con el mismo tono que le diste al “masculló” del personaje. Y esos cambios de tono en la lectura, son muy dificiles de lograr (creo yo)

    Sos una maestra eh!

    Saludos.

  6. Pulsión, ritmo maestria en las descripciones y en la seleccion de adjeticos. Suspense apuntado en pequeños trazos de un guarda sordomudo, de un autor que se abandona al frio. Me pregunto que habra detras de aquel deseo de compartir la naturaleza. muy bueno.
    Un saludo

    • Concha, a mí personalmente la naturaleza, cuando se vuelve demasiado inhóspita, me sugiere una pulsión de muerte. Gracias por pasar.
      Un saludo

  7. se te da bien el misterio, es verdad. me gusto mucho la atmósfera del relato, y leyendo a estas horas de la madrugada me ha producido lo mismo que una buena escena cinematográfica de suspenso.

    • Gracias g, que no m, a mí también me gustan las escenas de suspense, me alegro que mi relato te haya hecho recordar a una de ellas.

  8. Anne, não seria preciso ser um grande reaalizador para transformar o teu escrito numa cena de cinema perfeitamente conseguida. Está lá tudo. A maquina de filmar numa mão e a tua história na outra, dois actores e a paisagem descrita. Muito bem!
    Que estaria a pensar de si proprio Munch quando se retratou assim ?

    • Gracias xico por tu benevolente comentario, aunque no te creas, como soy de carne y hueso, me halaga! En cuanto al genial Munch, no sé si le habría halagado mucho ser protagonista, porque lo es,(mezcla de guardabosques y escritor), de este relato de aficionada!

  9. Anne, llevas la trama con tensión hasta el último momento, dándole la pincelada que la historia necesita y con finales intrigantes.

    Mi más sincera enhorabuena.

    Un saludo.

    • Gracias Emi, por tus ánimos, de hecho estoy empezando a intentar escribir una segunda parte del relato…pero a decir verdad dudo de que me vaya a salir!
      Un saludo.

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