La encantadora de serpientes.

La Encantadora de Serpientes-                Le douanier Rousseau

La encantadora de serpientes. Douanier Rousseau.

Cuando las puertas del museo se cierran tras el último visitante, Amira, las manos dormidas después de rasgar centenares de entradas, se desliza en la penumbra fragmentada. Unas luces, al ras del suelo zebrean la piel tersa y tostada de sus piernas  esbeltas. La encantadora de serpientes la acecha, enjaulada en el lienzo.

De la boca de Amira se escapa un aliento de brasa. Vuelta  fauno de curvas femeninas, toca la flauta. El alma de Amira, concentrada y salvaje,  se escapa por las hendiduras del  tubo de madera. Acalla un silencio plagado de gritos. Gritos de una niña vieja, ahogados en el limo seco de los ojos. Una luna de metal profana un cielo vacio. Dos mujeres le sujetan los brazos, una vecina tira de su pierna derecha, otra de la izquierda. La madre de Amira, le acaricia el pelo. Le susurra al oído, tranquila Amira, no te muevas, tranquila. Pero Amira, con sus nueve años, ha leído a escondidas todos los libros de la maestra. Sabe lo que la espera. Intenta escurrirse. Las manos femeninas, tintineantes de abalorios, se vuelven garrotes. La curandera del pueblo entra en la choza, se agacha. Su sombra cubre la niña desnuda, sacudida de sobresaltos. Saca un cuchillo pequeño del bolsillo de su túnica. Lo acerca al sexo infantil. Empieza el despiece. Amira  chilla en oleadas punzantes. Sus gritos no se oyen, ahogados por las manos de su madre, tapando el agujero de su boca. Amira no recuerda más. Después del segundo corte, perdió el conocimiento.

Amira, divisa en la selva de sus recuerdos, una X dibujada sobre la arena de la choza. La uve de sus brazos unida con la uve ensangrentada de sus piernas. Recuerda su sexo de niña cosido con puntadas primorosas. Recuerda esta costura doliente, observada,  siete años más tarde por los ojos desorbitados de su  futuro marido hundido entre sus piernas bajo las miradas complacidas de las mujeres del pueblo. Recuerda, porque esta vez no perdió el conocimiento, el dolor de cada punto cortado por una tijera herrumbrosa. Recuerda su explosión de ira al mirar su sexo mutilado, estrecho agujero supurando pus en medio de la desolación de una planicie saqueada. Se muere al recordar la noche de bodas. Revive cuando siente sus piernas llevar en volandas su sexo agonizante lejos del infierno.

Al salir del museo Amira anda por la calle, con paso de gacela. No le hace falta ninguna flauta. Los hombres se yerguen alrededor de su cuerpo. No rehúye las miradas lascivas. Se nutre de ellas. Con la ayuda de su cerebro enfebrecido, las doma, las enreda debajo de la curvatura de sus pestañas y con manos tintineantes las guía  hasta  el centro profundo y latiente de su deseo, reivindicado y obtenido.

12 pensamientos en “La encantadora de serpientes.

  1. Relato cargado de dramatismo y dolor, no sólo del cuerpo, sino del alma. La esencia del ser mutilado y reivindicado de una manera tan sútil y suave, como sólo Anne Fatosme puede contarlo. Je suis ravi.

    • Eduard, claro que navego sola! Y que es eso de ir protegida? Y contra que? No me asustes que ya lo estoy bastante! Además, como ya te dije soy super cobarde, la noche me da miedo y vivo en una casa antigua llena de recovecos oscuros. La madera cruje a mis espaldas…POR DIOS EDUARD, DIME DE UNA PUÑETERA VEZ QUE TENGO QUE HACER!

  2. Me han dado escalofríos de pena y de rabia por el daño hecho a alguien basado en oscuras tradiciones . Espero que la venganza de la diosa se deje oir a través de los agujeros de la flauta y arrastre a lo más profundo a los dominadores ufanos de su ablador poderío.
    Saludos

    • Sabes que te digo, micromios, las mujeres occidentales deberíamos ser más solidarias con la ablación. Es una atrocidad, pero nos coge, digamos, a trasmano. Sin ir más lejos escribí este texto, porque leí un artículo tratando de este tema hace dos días…
      Una pena

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