Luna menguante en la plaza de la Paja.

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Del cuello de la bata de lana, amasijo de bolas grises, emerge un cráneo translucido donde cuelgan unos pelos ralos. Marcela, engullida por los cojines del sofá desvencijado, intenta incorporarse. Quiere echar un último vistazo a la plaza antes del anochecer.
Marcela tantea los bolsillos buscando las gafas. En vano. Los últimos rayos de sol, al quedarse prendidos en las ventanas de enfrente, dañan sus cristalinos enfermos. Al derrumbarse de golpe, huyendo del latigazo de luz, el crujido de los huesos se ahueca en el vacío del piso.
Aprovechando el puente, los familiares se han llevado los muebles. Menos el diván. Demasiado viejo.
A tientas, Marcela agarra la botella de anís medio desparramada por el suelo. Mama el alcohol con avidez. Sorbe hasta la última gota relamiendo el cuello azucarado. La garganta empieza a emitir un gemido largo, puesto en sordina por los labios cerrados. Se abraza a sí misma, acunándose dulcemente, preparándose para dormir. En el flanco derecho, hay un hueco vacío tapizado de pelos de gato.
En la penumbra de la sala, Marcela intenta ponerse de pie, le falla el equilibrio. Se cae blandamente hacia el baldosín. Va reptando a tramitos cortos hasta la cocina, dejando su rastro encima de la llanura polvorienta. Al llegar a la cocina la luz se vuelve mohosa. La gata yace en el suelo grotescamente retorcida. Marcela repta un poco más para acariciar el pelaje. El contacto sedoso se ha vuelto viscoso. Su mano se acerca hacia el hocico desencajado. Los bigotes están teñidos de rosa. Marcela los chupa con la punta de la lengua. El cerebro embrutecido conecta en un calambrazo la amargura color chicle con el matarratas mezclado con la leche.
La frialdad del suelo de piedra trepa por la piel llenando la cabeza del goteo machacón del grifo estropeado de la fregadera. Marcela se duerme enroscada alrededor del cadáver de su gata. Sus labios, desparramados alrededor de las encías desdentadas, sonríen a la luna menguante. En las residencias de ancianos no admiten gatos.

4 pensamientos en “Luna menguante en la plaza de la Paja.

  1. Cuanta soledad en tan poco espacio. Cada día textos más currados.
    Van repartiendo nóveles a los descubridores de nuevos antioxidantes, lo que es igual, para alargar la vida, pero dónde queda la calidad de la misma. ¿Para qué queremos ser más longevos si nos restan la dignidad de vivir mejor?

    Un saludo de Voy y vengo.

    • Cada día hay más gente sola, afectivamente desatendida. Es una pena.
      Una que vuelve….a un lugar idílico donde has estado hace poco! Siempre me ha podido la envidia!

  2. Graficas la angustia del vivir día a día esperando la muerte, como sólo les sucede a los viejos. Una sóla duda, ¿quién es marcela?

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