Jerez, unos meses más tarde

sb10070090b-001[2]

La noche pasada, Max, un personaje ficticio, un tanto tullido, al cual había otorgado un instante de vida  en un relato llamado: Jerez un día después, se coló en mis sueños. Con sonrisa embaucadora, me exigió otra parcela de existencia, donde saliera un poco más airoso. Como todo ser intermedio,  Max es extremadamente encantador, aunque sepa con certeza, por algo ha salido de mi imaginación, que es un manipulador nato. Y aquí me tienen, delante del ordenador, obedeciendo a sus órdenes como mono amaestrado,  introduciéndolo dentro de un escenario tan ruidoso  como puede serlo una ciudad aniquilada por las obras. Madrid.

Son las tres de la mañana, Max anda despacio, ligeramente tambaleante, quizá por un exceso de  copas. Pega la vista a la acera de la calle Serrano atento en sortear baches y adoquines levantados. El aire huele a otoño y tormenta. Unos relámpagos surcan el cielo. Unos truenos suenan, lejanos. La noche  gris plomo se vuelve negra cuando se agazapa en pasadizos y portales. Una lluvia torrencial empieza a caer, brusca, tiñendo de rojo las aceras y llenando de lodo las zanjas.

Durante el verano, cuando el calor pegaba su ropa contra la piel pringosa, Max se soñaba Gene Kelly bailando bajo la lluvia. Max  tornea el rostro hacia el cielo en una pose  cinematográfica. El agua cae en cascadas sobre la piel, riega el cuerpo sediento, sumergiéndolo en una alegría repentina. Preso de un deleite profundo, empieza a canturrear “Singing in the rain” como quien entona una liturgia. Esboza un paso de baile encima de una pasarela de hierro vuelta resbaladiza por la humedad. Pierde el equilibrio y vuela por encima de una barandilla demasiada baja. Antes de aterrizar sobre una superficie blanda, nota como   elementos cilíndricos amortiguan la caída. Al abrir los ojos constata que yace en el fondo de una zanja. Aturdido, mira el hoyo. El chaparrón ha cesado y la luz  de una farola cercana,  alumbra un zulo atravesado por tubos y cables a medio enfajar en descomunales tubos de plástico amarillo. Al notar los latidos desbocados de su corazón se acuerda del triple by- pass que le mantiene en vida. Max, consciente que el stress no le favorece, respira hondo intentando recobrar algo de autocontrol. Estira brazos y piernas, se toca el abdomen, el pecho. Aunque tiene el cuerpo dolorido, todo parece estar en su sitio sin desgarros ni roturas. Se siente reconfortado. Se pone de pie. El hoyo  es profundo. Max mide 1.90 y al ponerse de puntillas solo consigue ver una fila de adoquines recubiertos por una capa de alquitrán. Busca el móvil para pedir auxilio, tantea el bolsillo de la camisa. En vano. Se agacha y hunde las manos en la masa de barro que le esta succionando los zapatos. Encuentra su I Phone. Más que un teléfono parece un trozo de ladrillo. Lo limpia con la manga, desliza el dedo encima de la pantalla  opaca, visiblemente fuera de servicio, intentando llamar a Úrsula, su última conquista. Abatido, se siente en el suelo, porque sabe que, de todas maneras, la alemanita, de la que hubiera podido ser el padre, jamás hubiera descolgado. El tierno bomboncito se fue una mañana de Julio sin dejar rastro. Max hundido en el lodo, empapado hasta los huesos, deja escapar un suspiro, entrecortado por un castañear de implantes. El sexo débil, palabra prohibida y absolutamente adorada, le resulta tan incomprensible como las odiadas reglas gramaticales memorizadas en la escuela.  Mientras Max, para pasar el tiempo, se recita verbos irregulares, una figura femenina se perfila en la luz lechosa de la farola. Una voz con acento francés le propone ayuda. Max empieza la escalada, guiado por los acertados consejos de su salvadora. Al notar el contacto rugoso de  los adoquines y al saberse cerca de la meta, Max alza la vista. Vislumbra dos  manos desplegadas y blancas. Un momento más tarde nota la fuerza tibia de esas manos aupando su espalda entumecida. Se recuerda bailando La Javanaise con una adorable francesita. El nombre se le escapa pero no el olor, tan parecido al que le envuelve ahora. El presente se vuelve pasado y Max ,impulsado por el recuerdo, se acurruca, mudo, en el regazo olfático desprendido por la desconocida, firmemente dispuesto a aprender a conjugar un nuevo tiempo, por el inventado: el presente imperfecto. Y a ser posible en la primera persona del plural.

http://www.youtube.com/watch?v=g-w7SxLHGmI

8 pensamientos en “Jerez, unos meses más tarde

  1. Una imaginación desbordante de ideas y relatos. Me gustaria echarle una mano a ese Max tuyo. Lastima que noso existe en tu cabeza.
    Un beso

  2. Los personajes ficticios suelen ser unos dictadores. Pueden llegar a hacerse querer u odiar. Pueden ser unos protagonistas encantadores o retorcidos y odiosos.
    Lo peor es cuando hablan de nosotros sin nosotros saberlo, aireando trapos sucios y amores perdidos. Sin saberlo nosotros nos dejan con el culo al aire en situaciones complejas, de desamparo o soberbia.
    Sacan lo mejor y lo peor de nuestra idiosincrasia, que sin intención les ponemos a huevo.
    Ese Max que reflexiona desde las páginas de un libro, entre las obras de Madrid y los secretos de su creadora. Tan incorregibles como irresistibles, ambos nacen del mismo mensaje.
    Disculpa el rollo, estoy algo febril y navego entre realidad y delirios. Estupendo texto, estupendo personaje.

    Edu

    • La fiebre no te quita agudeza. Pero, Edu, anda, no te hagas el remolón y hazme el favor de ponerte bueno. Ya.
      Una mandorotona.

    • Acabo de visitar tu blog. Me gusta lo que escibes y como lo escribes.
      Un saludo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s