Recuerdos de verano. Tiburón

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 Velero llamado Requin

 A mi padre le gustaba navegar a vela. Practicaba su deporte favorito en un pequeño balandro sin incordiar a nadie. Un amigo suyo, de los tiempos de la resistencia y al cual veneraba, le invitó a hacer un crucero desde Bretaña hasta Irlanda en un velero de carreras llamado Requin. Papá volvió entusiasmado por la travesía. Con la mirada  chispeante de adrenalina nos anunció que se había encargado un barco idéntico al de su compadre. El verano siguiente no le vimos el pelo. Se había inscrito en Les Glenans, escuela de vela, de disciplina militar, donde los alumnos se despertaban a toque de corneta y se duchaban con agua helada para ponerse a tono.

Doce meses más tarde el velero estaba listo, se llamaba el “klairan” yuxtaposición  del nombre de mi hermana y del mío. Mi nombre ocupaba la segunda posición. Mis celos, rescoldos tapados bajo paletadas de cenizas, se reavivaron como una hoguera regada con  aceite.   

Mi padre se había promulgado capitán, mi madre se había asignado el papel de Penélope y mis hermanos mayores, adolescentes, el de desertores.

A mi hermana, de seis años, y a mí, con cuatro años más, nos fue atribuido el rol de grumetes, sin consulta previa.

Una mañana lluviosa y ventosa del mes de Agosto, hecho meteorológico bastante común en Normandía, nos dirigimos al club náutico, los tres vestidos de la misma guisa: chubasqueros amarillos, pantalones a juego, botas de goma azul navy y un jersey marinero rasposo de idéntico color. Papá, con gorra de lobo de mar, saludaba, erguido, a los miembros del club. Todos le felicitaban por el nuevo velero, y cuando bajaban la vista, por tener dos niñas tan monas y valientes. Lo de valientes lo hubieran podido decir en singular porque, yo, todavía en el dique, solamente al oír el silbido del viento colándose entre los mástiles y los obenques, y ver como se agitaban los cascos, notaba como mi columna vertebral se enrollaba como un gusano en un claro movimiento de retirada. Mi hermana, agarrada a la mano de papá, parecía su vivo retrato: misma sonrisa de oreja a oreja, misma mirada brillante de desafió. Mis sospechas de toda la vida se vieron confirmadas en ese instante: yo no era más que una niña adoptada y de allí la explicación lógica de mi nombre reducido a su más mínima expresión y gravado en último lugar. De hecho, nada más subir al barco, mi falsa hermana se desenvolvía  como pez en el agua obedeciendo como un mono sabio a las órdenes de su padre.

Asqueada por la revelación y presa del mareo, me refugié en el camarote sacudido como una nuez, pero donde, por lo menos, estaba dispensada de maniobras y protegida de la vista del mar embravecido que tanto me asustaba y tanto excitaba a la parejita. Después de tomarme medio tubo de pastillas contra el mareo, caí en un sueño embrutecido.

Me desperté con la boca seca, asqueada por un olor a gasolina asociado con gran dificultad al incomprensible ruido del motor que el capitán, como discípulo de una escuela de prestigio, había jurado no encender jamás. Las olas se habían calmado por lo cual mi mente algodonosa dedujo que nos estábamos adentrando en aguas portuarias.

Levanté torpemente la puerta de madera y me aventuré a tientas encima de la cubierta. Me quede boquiabierta viendo a dos zombis chorreando agua. Unas trenzas rubias   tiesas de sal  enmarcaban un rostro, translúcido como el de una medusa, sacudido por una violenta tiritona. Un guiñapo de trapo, encogido sobre el timón, maniobraba como podía. Una profunda herida le surcaba la frente. Al levantar los ojos observé como la lluvia se volvía rojiza tras deslizarse por el extremo de cobre de la botavara.

Antes de precipitarme a socorrer a los héroes hechos trizas y, así, poder interpretar el turbio papel de grumete piadoso, sentí como un potente cortocircuito electrizaba mi cuerpo encendiendo una batería de bujías con patente de corso.

 

 

4 pensamientos en “Recuerdos de verano. Tiburón

    • Tienes razón me he currado el texto.Tengo un tendón fastidiado y estoy enclaustrada en casa más aburrida que un oso!
      Un abrazo de oso, mejor dicho de osa.

  1. Mi comentario, que el día ajetreado robó, te lo devuelve hoy mi insomnio:
    Entre cosas feas he tenido un momento, un respiro por una ventana: tu relato.
    Ha sido simplemente maravilloso.

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