Recuerdos de verano. Escamas

 

Le Lac. Le temps en suspens. Romain Bernini

Le Lac. Le temps en suspens. Romain Bernini 

Estaba de un humor de perros. Trasnochar me había sentado fatal y beber demasiado vino, peor. A pesar de las gafas de sol, el cielo nublado me agredía como extranjera en Argel. Al llegar delante de la pescadería, la cola llegaba hasta la puerta. Me quedaban tres horas para preparar un almuerzo para doce personas. Miraba el reloj sin parar comprobando como el segundero se movía sin descanso mientras mis pies se quedaban quietos.

 “Zen” era la palabra clave, machacada sin descanso por familiares, holgazanes de manual. Respiré hondo. Cerré los ojos intentando soltar el aire despacio, relajando músculos. El  agua del pescado, conservado en hielo, había encharcado el pavimento y de paso la suela de mis alpargatas, mojando las plantas de mis pies propensos a calambres. De hecho, un calambre en el pie izquierdo, cortó en seco la expiración ensayada. Sacudiendo la pierna, a punto de desistir en mi empeño de ser mujer zen, mi mirada se deslizó sobre la camiseta verde pálido del numero 113. Por lo menos eso supuse, al tener yo en la mano el ticket 114, completamente apachurrado por cierto. Hundí los ojos sosegadamente en la tela como labios en una taza de tila. Con tanta fruición que el numero 113 se dio la vuelta y me preguntó si deseaba algo con sonrisa socarrona.  Bajé la cabeza, incapaz de encontrar una respuesta coherente. Cuando  me llegó el turno tenía los pies helados y la cabeza hirviendo. Al hacer mi pedido, el numero 115 me tocó el hombro.  Giré la cabeza, y antes de soltar el improperio rumiado y encontrado a destiempo, destinado al 113, a todas luces, un cenizo infiltrado, me alcanzó un susurro femenino lleno de dulzura. – Perdone, ¿usted no sería por casualidad….Nanou?. Me ha parecido reconocer su voz. –  Farfullé un si , sorprendida por el mote juvenil, mientras una cara pecosa se acercaba a mi oído, susurrándome cariñosamente: – cuando estoy triste me acuerdo de  los baños de burbujas…-

Las escamas de lubina, raspadas enérgicamente por la pescadera, se convirtieron en brillantes pompas de jabón, envolviendo el cuerpo de Camille, niña solitaria de mirada triste. Un día de verano lejano, rebosante de inmediatez, borró de golpe los números en fila india. La niña pelirroja,  pegada como una lapa a nuestra pandilla de adolescentes, se incrustó de inmediato en mi tímpano vibrante empujada por el soplo tibio de los recuerdos.

 Un día de lluvia, al mirar por la ventana la vi deambulando, tranquila, camino al puerto. La invité a pasar. Estaba tiritando. Le quité la ropa empapada mientras llenaba la bañera de agua caliente donde había echado un gel de baño turquesa. Turquesa como los mares del sur, rezaba la publicidad. El hecho es que al sumergirse en la espuma  los ojos apagados de Camille se llenaron de pepitas de oro. Me senté encima del borde esmaltado. Con vocecita me pidió un cuento. Veraneaba con sus padres, hippies convencidos, en un velero de madera parecido al del Capitán Garfio. Propuse las aventuras de Peter Pan. Ella eligió sin titubear el papel de Campanilla. A mí me toco el de Peter. La bañera se convirtió en el país de los niños perdidos.   Empezamos a atacar al enemigo con pequeñas bombas de espuma. En el fuego de la acción, las bombas se hicieron mayores. Finalizada la batalla, el suelo del cuarto de baño estaba inundado y mi ropa tan empapada como la de mi protegida rescatada del diluvio. Después de cambiarme y prestar a Camille un mini vestido, que le quedaba como un hábito, nos sentamos exultantes en la cocina,  celebrando la victoria, bebiendo a sorbo lento un chocolate humeante. El ritual se repitió varias veces a lo largo del verano. Y nunca más, porque nunca volví a ver a Camille.

Al volver a casa no paraba de pensar en Camille y en como un hecho irrelevante para mí, se había convertido en un recuerdo  vital para ella en momentos de zozobra. Después del almuerzo, enervada por la inercia de los comensales, decidí tomarme un baño relajante. Eché en el agua un gel azul turquesa, totalmente desaconsejado por mi dermatólogo por ser demasiado abrasivo y del cual, sin embargo, era adicta confesa.

4 pensamientos en “Recuerdos de verano. Escamas

  1. Siempre sorprendiendo, siempre para mejor.
    PD Tendrías que dar solución a un tema informático. Cuando cuelgas comentarios, desde tu nombre no linka a ningún otro blog. Prueba en el mío, los comentarios de los demás les llevan a sus casas, menos el tuyo. Quizás pierdas algunas visitas de este modo.
    Pon a trabajar a tus boys de informática en el tema.
    La disciplina personal es una cuestión de actitud.

    • Gracias por señalarme mi problema informático. Estoy en ello y espero que dentro de un par de semanas todo funcione correctamente.

  2. A la vuelta de un largo y megnífico viaje por el Gran Norte (americano) leo con agrado sus elucubraciones y recuerdos. Su poesía mejora día a día, aunque en mi opinión, todavía no alcanza la madurez de su prosa. Insista en ella, pero no abandone su prosa. Como le dije, un placer reencontrarla. Un saludo.
    Por cierto, usted cuando se enoja ¿se enoja de verdad?

    • El Gran Norte debe de ser realmente maravilloso. Llegué hasta la desembocadura del San Lorenzo y me quedé con pena de no poder seguir subiendo.
      En cuanto a mis intentos poéticos son solamente,eso, intentos, escritos con ilusión por una neófita autodidacta. Y si me desenvuelvo mejor en prosa es gracias al oficio de unos buenos profesores que me enseñaron todo lo que sé.
      En este momento estoy de lo más tranquila y le mando un saludo nada, nada, enojado.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s