Elucubraciones veraniegas (11)

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Joe Hill & Max Lowry

Son las tres de la mañana. Helena baja en volandas las escaleras picudas de la casa londinense donde vive en un apartamento de alquiler. Está eufórica. Después de dos días de trabajo intenso acaba de terminar, de forma impecable, un diagrama extremadamente preciso. En la mano derecha sujeta una bolsa de basura llena a reventar de alimentos descompuestos. Abre la puerta de la calle con dificultad. Un fuerte viento entorpece la tarea y le abofetea la cara. El frío invernal de Londres se cuela por el pijama mientras el portazo le produce un sobresalto. Helena siente la tentación de dejar la basura encima de la acera. Sus principios ecologistas se lo impiden. Corre hacía el enorme contenedor emplazado en una de las esquinas de Bedford Square. Levanta la tapa con la mano libre, mientras tira con la otra la bolsa de basura y las llaves de la casa enredadas en el cierre de goma, dentro del hueco oscuro. En el mismo momento en el que la tapa le pilla los dedos y  los sacude enérgicamente con el fin de aplacar el dolor se da cuenta de la ausencia de llaves. Anestesiada de golpe se pone de puntillas en un intento de recuperarlas. Venciendo la repulsión provocada por el olor nauseabundo, introduce la mano en la raya negra del contenedor entreabierto revolviendo entre basuras desparramadas. Unas patitas veloces rozan su mano. Helena pega un grito y da un salto hacia atrás, tan rápidamente que esta vez, por lo menos, no se pilla los dedos. La cabeza futurista de Helena, formateada para diseñar ecomaquinas, se bloquea. Mareada, se sienta en el bordillo de la acera bajo una farola. Se sujeta la frente con  las manos  pringosas intentando parar el latido.  Se quedan pegadas. Asqueada las retira. Las deja caer. Cuelgan como guiñapos entre las piernas abiertas. Sin móvil ni una  moneda para pedir auxilio, se siente encoger. Empieza a lloviznar. La tela mojada del pijama se pega contra su piel. Tiene frío y al tomar consciencia de su atuendo, tirita. La cabeza cae hacia el suelo, despresurizada. Queda  suspendida al mismo nivel que las manos y a escasos centímetros de los calcetines con suela de goma. Por primera vez  Helena nota la voz potente de un mundo vertical y subterráneo, laberinto de alcantarillas escondidas, de aguas negras mecidas puntualmente por las trepidaciones del underground, antítesis de las praderas futuristas donde acostumbra pisar. El sonido de una moneda cayendo a sus pies la saca de su ensimismamiento. Veinte “pence” brillan a la luz de la farola. Helena levanta la cabeza y ve la silueta del homeless de la plaza alejándose  hacia su banco forrado de cartones.

4 pensamientos en “Elucubraciones veraniegas (11)

  1. Veo que tienes la suerte de tener amigos, amis and boys en Paris, Spain y London que te cuadran los textos aún tratándose de la Maga Helena. Y es que no hay otra. Para sobrevivir sólo se necesita un poco de la amistad de los amigos.
    Que afortunadas sois algunas. Comme oiseaux en liberté.

    Cada día más lejos, cada día más cerca.

    • Que imaginación querido Watson! Mi hija es la que me cuadra el blog! Por cierto es un poco despistada, vivía en Londres hasta la semana pasada y se llama??????
      SherlocK

    • Mi personaje es todo esto y mucho más! Tendría que inventar palabras para definirla.
      Besos en todos los idiomas.

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