Al empujar el portón desvencijado

mujer de noche

Al empujar el portón desvencijado del jardín, sintió como el corazón se disparaba de nuevo. Miró hacia atrás. La calzada flanqueada de palacetes, un tanto destartalados, del viejo Versailles estaba prácticamente a oscuras, pobremente alumbrada por unas farolas antiguas de una sola bombilla y por las luces traseras del taxi que se alejaba. La calle estaba vacía, al igual que las casas, incluida la de sus padres, abandonadas a su suerte en la huida estival. Sin embargo, su cabeza estaba llena, a punto de reventar, bajo la presión de una película de miedo  rebobinada en sesión continua. Un viaje en tren Barcelona- Paris sembrado de flashes. Un vagón colapsado por mochileros hablando a gritos un idioma, ininteligible para ella, convertido al cabo de cinco minutos en un concierto de ronquidos. Una huelga de personal. Un hombre de mediana edad en vis a vis. Frente oculta bajo un sombrero de panamá.  Nariz aguileña de aletas palpitantes. Labios, negro trazo  estático.  Cuello bestial surcado de una vena hinchada. Mirada escondida tras unas gafas de sol. Enredada, helada, prieta, alrededor de su pecho. Ella, hipnotizada, quieta en la ratonera, oyendo una risa grasienta y gutural. Un escalofrío. Una llamada a su mejor amiga para ir a dormir a su casa. El móvil sin batería. Él lo había visto. Un pie descalzo colándose entre los suyos, replegados bajo el asiento. Tenía que serenarse. Su imaginación calenturienta había convertido  a un voyeur, perdido en la masa, nada más  llegar a La Gare de Austerlitz, en un personaje de pesadilla. Apenas veinte metros la separaban de la casa provista de un sistema de seguridad conectado a la policía.  Emprendió el camino cantando con voz temblorosa la canción del verano, intentando acallar el silencio opresivo. Un batiente de la puerta del jardín, pegando contra el otro, la sobresaltó dejándola muda. Se dio la vuelta. Las inmensas hojas de las guneras, abiertas en abanico  y mecidas por una ligera brisa, tapaban la vista. Empezó a correr. La gravilla del camino  martilleaba los tímpanos. Al subir la escalinata de piedra cubierta de musgo, la gravilla siguió rechinando. Al darse la vuelta y ver la silueta de un hombre cubierto con un sombrero, el corazón se expandió en todo el cuerpo latiendo como un condenado. El bolso cayó al suelo en un ruido sordo mientras buscaba febrilmente las llaves guardadas en el bolsillo del vestido. Estaba tocando el  acero cuando vio como el hombre tendía el brazo hacia ella alumbrado por un fogonazo silencioso. Se sintió volar hacia atrás agarrada al llavero. Se quedó sentada, ridícula, desarticulada contra la puerta, separada de la alarma por una madera de cinco centímetros. El hombre la observaba, quieto en la oscuridad.  Mientras sentía como la sangre pringaba cálidamente la tela blanca, la cabeza aletargada pensaba que el mes que viene cumpliría veinte años. El cerebro percibió entre capas de algodón como  el jardín se llenaba de luces, de amigos bailando alegres al son de la música.  Bajo los arcos de la rosaleda Enrique la besaba.  Se empezó a sentir torpe, le zumbaban los oídos, la lengua le sabía a metal. Abrió la boca para gritar. La sangre brotó silenciosa y potente. Le costaba mucho respirar y cuando el hombre se tumbó encima de ella con todo su peso dejo de hacerlo.

10 pensamientos en “Al empujar el portón desvencijado

  1. Me lo estáis poniendo cada vez más difícil. ¿Es una especie de conspiración? Me superas con creces, lo cual, aunque te parezca increíble, es cierto. La efímera también me da caña y tampoco lo cree. Y así no se puede además de ser imposible.

    Vagabundo universal

    • Es una conspiración y, tú, Eduard eres la victima. El silencio de los corderos me rodea……….
      Anónimo

  2. Escolti srta. Me molesté por ser tú. Anoté, en el cuelgue cañi todas las expresiones que me parecieron más difíciles. Dirás, jo, ahora lo tengo que volver a leer. Aja, así son las cosas.

    Lennon

    • O.K Lennon I´m sorry. I´m going to read you very slowly. I really want understand your cañi.
      John

  3. Mientras lo leía pensaba: si eso me pasase a mí en el tren o en la calle me cogía a la primera persona que me inspirase confianza. Le saludaba como si fuese un conocido diciendo: Hola ¿no te acuerdas de mí? y luego bajito: ayúdame, me siguen, llévame a un lugar seguro: policía, o llama por teléfono.

    Luego pensé: si estoy buscando salidas para salvar a la chica, si lamento que haya muerto sola, tan indefensa, de forma tan cruel, es por que el relato es bueno.

    • En realidad me había planteado un trayecto corto en bus, metro, donde a veces nos tropezamos con hombres inquietantes. Al ser la sensación tan fugaz intentamos superar el miedo. El viaje en tren le quita veracidad al comportamiento de mi víctima. Este cambio de planes tiene una explicación. El trayecto Barcelona Paris es un pequeño homenaje a nuestra amigo Eduard y a su personaje de Désirée.

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