Habitación con vistas al lago Biedma

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28.01.09. Al aterrizar en el aeropuerto de Calafate, me esperaba un Range Rover con un chofer mal encarado. El avión había llegado con retraso, ya eran las nueve de la tarde y nos esperaba un viaje de dos horas y media hasta llegar a la posada, único alojamiento a millas a la redonda, situada a las orillas del lago Biedma cercano al Fitz Roy, risco tubular de impresionante altura. Después de recorrer el interminable camino de piedra, desfondado por las heladas, llegamos a nuestro destino. Bajé velozmente del vehículo, a pesar de tener las vertebras soldadas por los baches, deseosa de tomar posesión de mi habitación reservada en Madrid, con la condición sine qua non de tener vistas al lago Biedma. La encargada del lugar, una argentina de voz melosa, me invitó a tomar un refrigerio en el cuarto de estar, desierto a estas horas, mientras me llevaban el equipaje a mis aposentos. Sentada en un confortable sillón frente a la chimenea encendida y después de dar buena cuenta a una pizza y unos quesos regados por unas cuantas copas de vino, mi anfitriona me guió hasta la anhelada habitación. Le seguía el paso ,concentrada en mantenerme erguida. Mi acompañante, al abrir una puerta que daba el jardín, escondido en una noche sin luna ni estrellas, me dio la mano al fin de evitar tropiezos con el suelo desigual, contándome con voz lejana e infinitamente irreal que lo sentía mucho pero que al quedar la hostería absolutamente full, había tenido que cambiar el cuarto previsto por una cabaña con mucho encanto. Me dejó en una estancia con olor a moho con el pico cerrado y la cabeza dándome vueltas. Me desnudé atropelladamente y me quede dormida ipso facto. Una agitación frenética, proveniente del lago, me despertó sobresaltada. Una mezcla de sonidos metálicos, amortiguados por chorros de agua cayendo en cascada y extrañamente parecidos al entrechocar de cacerolas y al roce de cubiertos raspando sartenes, me sacó de la cama. Presa de la curiosidad y a pesar del dolor de cabeza, descorrí la cortina. A menos de dos metros de distancia, vi, tras una ventana, como se afanaban un par de cocineros en preparar un copioso desayuno. Como siempre la imaginación me había jugado una mala pasada. El lago Biedma no se parecía en nada a las profundas aguas de mi ensoñación. En cuanto al Fitz Roy, tengo que reconocer que de no haber sido de piedra y situado en un lugar absolutamente desértico lo hubiera confundido con la torre Agbar de Barcelona.

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