Mi maleta

2266-0020171Mi maleta es muy vieja. De hecho perteneció a mi madre cuando era estudiante. La encontré en el altillo de un armario de su casa, hace unos meses, al quitar sus enseres. Junto al asa, apenas rozada, están gravadas sus iníciales de soltera estrechamente y firmemente entrelazadas. En la mugre de la huella de las letras, un rastro de pan de oro ennegrecido brilla delante de mi mirada escrutiñadora. La piel no está ajada, los cantos de cobre colocados en las cuatro esquinas no están abollados. Los cierres están impolutos y las llaves encajan perfectamente en las cerraduras previamente engrasadas. Al abrirla, huele a polvos de arroz, a vuelo de noche, el perfume de su vida, encantadoramente vivo en un objeto escondido y sin embargo anulado en las cenizas de su cuello. Y también huele al moho del libro (La invitada de Simone de Beauvoir) que estaba leyendo cuando conoció a mi padre en un vagón de tren camino a la universidad. Anécdota familiar mil veces contada por su orgulloso marido. Se casaron y amplios baúles sustituyeron la maleta de una mujer con nombre propio.

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