Solsticio de verano. Leyendas normandas.

Olafur Eliasson – The Weather Project

Erik lanza las redes a la mar desde la popa de su barco de pesca. Su mente vagabundea entre nubes rosas deshilachadas y campos de cielo azul violeta. Tiene treinta años, la  sal y el frio han labrado surcos en la piel de su cara rojiza. Una cola de caballo recoge su melena rubia. Piensa en Ila, su amor de niño, de adolescente y de hombre. Dada a la fuga en Paris, perdida para siempre.

 Se lo comunicó pausadamente, el verano pasado, tumbada a su lado encima de una roca de granito plana y tibia, después de haber nadado  de una forma tan sincronizada que a Erik siempre se le había antojado que formaban parte de una nueve especie acuática y hermafrodita. Con voz clara de maestra, le explicó una resta evidente: 2-1=1. Al lado de su boca, una gota de agua salada se había quedado anclada sobre un poro  convirtiendo el agujero minúsculo en una falla sin fondo. Erik, buzo experto, supo  que las matemáticas no eran lo suyo.

Una  mujer de rasgos felinos y cola de pez ondula en la estela del barco. Canturrea unas onomatopeyas  harmoniosas y tristes. Erik atado a la sombra de Ila, vibrante de velas negras, no repara en ella. La melena pelirroja de la muchacha convertida en sirena,  por bañarse desnuda a la luz de la luna, se enreda en las redes grises.

El barco costea el cabo de la Hague. Hadas diminutas duermen en cuevas escarbadas en la roca bajo la embestida de las olas. Unas millas más lejos, el mar ha dejado desnuda una bahía inmensa de arenas blancas y movedizas. Vuelve al asalto para cubrirla al ritmo desbocado de una horda de caballos salvajes. El sol,  globo de fuego tiñe de rojo la arena brillante. Dragones, hidras y reptiles bailan endiablados al son de los cascos cada vez más cercanos. Almas de niños muertos, convertidos en animalitos de una blancura cegadora, juegan bajo el sol creyéndolo luna.

 En medio de la bahía aparece el Mont Saint Michel humeante de bruma. Las llamas del sol en su ocaso lamen las torrecillas, las gárgolas y los encajes de piedra de la abadía, prendiendo una colosal y delicada hoguera de San Juan.