Pequeñas infamias, o la vida íntima de una ciudadana llamada X (2)… dando por supuesto que X es intercambiable y de sexo variable.

Memoria abstracta IX. José Manuel Ciria.

X observa de refilón como la viejecita del sombrero, en vez de acceder al supermercado por las puertas deslizantes de la entrada, se tropieza contra las de salida, como todos los días, a la misma hora, sobre las doce del mediodía. X lleva dos horas escaneando productos, dos horas oyendo el biiip de la caja registradora.

Se le escapa un suspiro más hondo que los demás. El uniforme le aprieta, demasiados donuts, recapacita salivando mientras se le clavan los botones en la lorza compacta de la barriga. Tiene ganas de rascarse pero ante la imposibilidad de hacerlo, al tener las manos ocupadas por una caja de cereales y una botella de amoniaco, X opta por meter tripa. Absorta en esta delicada misión no se da cuenta que a la botella de amoniaco le falta la arandela de seguridad.  Las uñas roídas de X, al tocar la superficie del envase, resbaladiza y corrosiva, empiezan a arder. X, de forma sincronizada, suelta la botella y pega un bote  mientras sacude la mano escocida y ahoga un alarido con la otra. En un movimiento reflejo alza los ojos hacia un cielo inexistente y su mirada  se tropieza con la cara de la compradora de amoniaco hurgando en su espacio vital y llenándolo de los miasmas de sus estornudos. Una mujer de su misma edad, treinta años recién cumpliditos, lo sabe por haber mirado numerosas veces su carnet de identidad. Lo malo es que la clienta tiene pinta de adolescente y ella de ser su madre.

La clienta, al ver las uñas en carne viva, esboza una mueca de asco y empieza a chillar: que si  tiene prisa, que si la clase de Pilates empieza a la una,y ¡que hace X, allí sentada como un pasmarote!, ¡que necesita una botella de amoniaco en condiciones, presto, prestissimo! X, al no poder dejar la caja, llama a una compañera para hacer el recado. La compañera tarda. Demasiado para la clienta, ya totalmente histérica, que empieza a despotricar ante el aspecto repugnante de las uñas de X. Repugnante y antihigiénico; eso es, antihigiénico, vocifera al encargado que atraído por la escandalera se ha acercado. Cuando llega la botella de amoniaco, X la coge con  las manos forradas de guantes de látex y con la prohibición absoluta de quitárselos en horario laboral.

A X, la verdad es que la bronca la trae sin cuidado, está acostumbrada a ellas, aquí y en casa, pero lo que no la trae sin cuidado son la tripa, de repente hinchada como un globo, los malditos botones cada vez más incrustados en la piel y las carnes despellejadas latiendo de dolor bajo el látex.

Ahora le toca el turno a la viejecita del sombrero, un sombrero ridículo de alto copete. Saluda a X amablemente, acerca un poco la cara a la suya  y le murmura  que lo siente, que lo ha oído todo, ¡que no hay derecho X, con lo buena que tú eres!, desde el tiempo que te conozco y el cariño que te tengo, ¡ay, pobrecita mía! X ayuda la viejecita a sacar sus compras, bizcochos, cruasanes, cuatro cosas compradas en la sección de ofertas. A  la viejecita  le baila la dentadura postiza y  solo puede comer bollería untada en leche. Siempre paga en efectivo. Le tiende a X su monedero y le dice como todos los días, cóbrate hija, cóbrate. La vieja, está medio cegata, tiene unas gafas con unos cristales tan espesos que no se le ven los ojos.  Además al pasar por la caja siempre se le empañan las lentes. ¿Porque será?, se pregunta X mientras abre con precaución el monedero de piel rasposo de desgaste. La compra suma ocho euros con cincuenta. X coge un billete de diez. No devuelve un euro con cincuenta sino cuarenta céntimos. El resto, el dinero justo para comprarse dos donuts de chocolate, lo desliza en el bolsillo del uniforme. La primera vez que lo hizo, a X  le temblaba un poco el pulso pero ahora lo único que le tiembla es la mandíbula ansiosa por hincar el diente en los bollos redondos.

La viejecita al llegar a su casa se quita el sombrero con presteza y, con sonrisa de prestigitador avezado,  saca de su copa, seis jugosos donuts de chocolate, pasados, como siempre, delante de las narices de la pobre tonta de la caja numero 2.

Pequeñas infamias, o la vida íntima de una ciudadana llamada X (1)… dando por supuesto que X es intercambiable y de sexo variable.

Duncan Wylie

X  odia los domingos y cuando llueve mucho más. Su ex tiene la custodia de la niña los días festivos y, aunque durante la semana, esta  resulta ser un estorbo en la ajetreada vida de su madre, el sábado y el domingo, X echa de menos una presencia. Un perro podría ser la solución, ya que su amante, tan disponible los días laborables, pasa las fiestas de guardar en su casa de campo. Familia obliga. X siente como la barbilla le empieza a temblar, como unas lágrimas empañan sus ojos. La habitación, a pesar de ser las dos y media de la tarde, está sumida en la oscuridad. ¡Un pozo, estoy hundida en un pozo!, chilla X entre torrentes de lágrimas comprimidas, mientras golpea la pared forrada de seda.

Pasado el breve pero intenso ataque de rabia, X, mujer de horarios fijos,  se dirige hacia la cocina para prepararse un tentempié. Mientras tuesta pan, coloca encima de una bandeja de laca negra, un plato donde ha dispuesto unas lonchas de salmón ahumado, compradas la víspera en una tienda de delicatessen, una botella de albariño, una copa de cristal de Bohemia y una servilleta de hilo. De vuelta al cuarto de estar, deposita la bandeja encima de una mesa auxiliar situada al lado de una chaise longue donde se acomoda después de haber encendido la televisión, situada de frente.

X , a pesar de tener la nariz hinchada y la garganta irritada por el reciente ataque de llanto, saborea la carne jugosa del salmón deshaciéndose, tierna, dentro del paladar, inhala el delicado aroma desprendido por la copa de vino, suavemente mecida por su mano, prolongación lánguida de su cuerpo preso de un bienestar inesperado.

De repente, unos gritos desgarrados llenan el espacio, unas imágenes de una violencia extrema invaden el campo visual situado delante de X. Su mandíbula se paraliza, la copa, peligrosamente inclinada, se derrama encima del jersey de cachemir. La cámara enseña cadáveres hinchados tirados en la calle, un periodista dice que camiones de basura los recogen. X, aterrorizada, se atraganta con el salmón convertido en un amasijo rasposo. Se ahoga, le cuesta respirar, tose. Entre sacudida y sacudida, vislumbra a través de sus cristalinos empañados, unos bomberos revolviendo escombros, intentando encontrar supervivientes. Unos hombres encaramados encima del techo de hojalata de una ruina colindante se ríen  blandiendo su botín, una sartén y un par de latas. ¡Desalmados!, vocifera X. La cámara se pasea por la calle devastada. Se oyen gritos de júbilo. La cámara vuelve a paso de carga. Los bomberos han encontrado algo. Extraen una forma yacente y la depositan encima de una camilla. La cámara se acerca, la figura cobra corporalidad, es una mujer. La cámara saca un primer plano de una cara desencajada. Los bomberos intentan introducir agua en la boca. La mujer la vomita presa de convulsiones. Tras  la máscara de polvo se adivinan facciones. Tiene mi edad, ronda la cuarentena, concluye X, en un entreabrir de ojos. El terror se convierte en piedad. Que calvario, Dios, que calvario, susurra X  delante del cuerpo desarticulado. En la pantalla se imprime el número de teléfono de una entidad bancaria con el siguiente slogan: una llamada= un euro de ayuda para los damnificados. X coge el móvil, marca compulsivamente la cifra indicada una docena de veces, puede que más, quizás menos, y reza una letanía muda que retumba como un eco ensordecedor en las paredes vacías de su cráneo: pobrecita, pobrecita, pobrecita…

Las llamadas difuminan el eco. X ralentiza el gesto, la mirada se calma y se fija en la hora ¡las tres y media! El pan tostado está frío, el vino templado. El salmón sigue jugoso. En un santiamén X ha dado buena cuenta del almuerzo, pero no de la botella medio vacía. No,  ¡medio llena!, rectifica gozosamente X. Con sonrisa ladeada, acurrucada dentro de su lujoso jersey de Prada,  piensa que, afortunadamente,  el vino blanco no deja manchas.

Desde Estocolmo con amor. 15/01/2010.

Bertil Vallien

Mañana, cuando regrese a Madrid, Estocolmo estará  geográficamente a unos tres mil kilómetros, pero es posible que haya quedado impresa en mi cartografía mental, y que cuando pasee por el Retiro y crujan, bajo mis zapatos, unas hojas de castaño, caídas hace mucho tiempo, me acuerde del crujido de la nieve bajo mis botas al pasear por los muelles.  

Y puede que cuando llueva, mi mente confunda gotas con copos, y, a la manera de los inuits,  los llame con decenas de palabras diferentes dependiendo de su consistencia, frialdad o densidad.

No es imposible que, al llegar los primeros calores y picar hielo para preparar una limonada, mis oídos rememoren el sonido  del casco del barco abriéndose paso en la superficie helada de los estrechos brazos de mar que separan las catorce islas donde se afianza la ciudad de Estocolmo.

Pero de lo que sí estoy segura, es que recordaré Estocolmo, cuando esté sola y pensativa, en el silencio blanco y negro de mi mente vuelta hacía dentro sin medida de tiempo.

Ahora, después de hacer la maleta, al acercarme a la ventana y dejar mi mirada vagabundear por las orillas nevadas, sé que guardaré en la periferia de mis sueños, el recuerdo de este viaje como un instante blanco.

Desde Estocolmo con amor. 14/01/2010.

Bertil Vallien

A veces los días perfilan pesadillas inacabadas. Terremotos inmóviles, incoloros, inodoros. Absolutamente inadecuados.

Ganas de escapar en un velero retenido por el hielo.

Naturalezas muertas y naufragios presentidos.

Pisadas silenciosas contenidas tras una balaustrada.

Y rompiendo el silencio, un graznido rasante y negro.

Desde Estocolmo con amor. 13/01/2010.

 

Estocolmo bajo el sol

A las ocho de la mañana  una ruidosa pelea entre cisnes y patos alojados  al pie del embarcadero situado frente al hotel, me saca del sueño, sobresaltada. Al abrir las cortinas de la habitación, los edificios se perfilan, desdibujados, entre bancos de niebla. Mientras desayuno, mi mente, todavía plomiza de sueño, vagabundea en medio de jirones de bruma densa, intentando unir gigantescas piezas de un puzzle a medio hacer.

 

 El termómetro marca siete grados bajo cero. Convenientemente abrigado, el frío no molesta, hasta diría que resulta agradable, vivificante. La niebla persiste, más difusa. En el dique de  Strömkajen, encima de un panel cubierto de nieve, han escrito unas palabras, no las entiendo. Pero me gustan, y mucho, porque en medio de ese peculiar graffiti va incluido un,¿quizá?, ingenuo corazón. 

A dos pasos, una bici roja cubierta de escarcha.

En el centro histórico de la ciudad situado en la isla de Gamla Stan, hay callejuelas,

 dragones,

y encajes.

 

La niebla ha dejado paso a un cielo azul transparente, nimbado de un gris  rosado, ligeramente velado en oro. El frío se escapa por la superficie helada del mar.

Al mediodía, el sol resplandece. Un cisne nada, solitario y enigmático, reencarnación segura de una bellísima inuit.