
Volando en avioneta de Isabela a Baltra, observo como las hélices, al bracear el aire, lo vuelven tangible. Tres mil quinientos pies más abajo se extienden islas de lava, erguidas y negras. Amantes captivas enredadas en el abrazo de fuego de un dios demasiado cercano. Dorados pechos de arena blanda se contonean lascivamente bajo velos de espuma blanca, palpitantes de olas turquesas. Un quiebro inesperado. El mar se vuelve sombrío. La vista se hunde en una falla abrupta. Volcán invertido, apagado y oscuro, poblado de recuerdos. Leones de mar, caballos desbocados, vacas lustrosas, iguanas de lava, tortugas terrosas, pastan, se deslizan y nadan en frágil equilibrio, encerrados entre muros escarpados. Gentes humildes sonríen al suelo, la cabeza siempre agachada. Quizá no para siempre. Sus voces pueblan el silencio, pausadas y gentiles. En el fondo del cono, un ojo inmenso, muy humano, desafiante, profundo como un pozo, mira al sol de frente, la visión deformada por unas cataratas seculares, notablemente encogidas en sus bordes.



















