Fotografía Anne Fatosme.
Cuando la tarde se abre, calada de oropel,
y mi sangre se alondra,
vuelo hacía el jardín de mi infancia.
Tras la niebla del portón,
el universo manda señales
desde el brillo de un ojo de cristal.
Bajo los brochazos de un otoño, dulce y cruel,
el olor de la tierra oscura, todo lo penetra,
el cielo se vuelve pasadizo
y mi corazón expande
el botón de la rosa,
baile de volutas
despliegue de pétalos
dulzura bajo las espinas
languidez en la derrota,
baile al compás
de un rumor a muerte,
granizo sobre el zinc,
baile de un insomnio malva,
pliegues de satén,
azul desvaído de unos pasos que se fueron,
tan a la sombra de las jovencitas en flor,
tan lejos de Guermantes
y tan dentro de mí.
P.S. Esta rosa vive en mi terraza, la cuidé, la regué, le puse abono, le dí mi cariño, la fotografié y le escribí un poema. Su belleza, aunque perecedera, lo merece.

