
A 3.500 metros de altura escasea el oxigeno. Ha llovido toda la noche. El sendero está embarrado. Las botas de goma adhieren al lodo con ruido de ventosa. Pequeños desprendimientos de tierra dificultan el paso. Unas casitas de bloque de hormigón a medio hacer, salpican el páramo borrascoso. Las ventanas carecen de cristales. Las puertas de tablones desvencijados, golpean los marcos en un crujido intermitente y monótono. Delante de las fachadas, prendas de colores vivos y desteñidos, cuelgan de cuerda distendidas. Una indígena vieja baja al pueblo midiendo sus pasos, la vista clavada en un cubo de plástico azul rebosante de leche. Anda encorvada apoyada sobre un bastón de madera sin pulir. Un sombrero de fieltro negro de ala estrecha cubre su melena blanca enredada por el viento, sombreando unas arrugas profundas y entrecruzadas, mapa cruel de pobreza y de hambre. Al acercarse a los 4.000 metros la respiración se hace pesada, el andar torpe, el pensamiento lento. Una cabaña solitaria con techo de paja, pegada contra el flanco pelado del volcán, rezuma humedad. Un poco más lejos, cercano a un árbol, palo desnudo y retorcido, brota un manantial de aguas turbulentas con sabor a azufre.
Son las seis de la mañana. Amanece en la hacienda Zuleta situada al norte de Quito, cercana a Colombia. Descorro las cortinas. Unas nubes bajas se agazapan en los flancos frondosos del volcán apagado. Abro la ventana , huele a pradera salpicada de musgo. A estiércol. A flores cerradas y frías. Imantada por la belleza del paisaje, me visto apresuradamente. Abro la puerta. Una corriente de aire la cierra .Los pasos retumban sobre los adoquines de piedra del patio de la hacienda. Suenan a leyendas, a espíritus de muertos o vivos confundidos en la niebla. 




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