Duncan Wylie
X odia los domingos y cuando llueve mucho más. Su ex tiene la custodia de la niña los días festivos y, aunque durante la semana, esta resulta ser un estorbo en la ajetreada vida de su madre, el sábado y el domingo, X echa de menos una presencia. Un perro podría ser la solución, ya que su amante, tan disponible los días laborables, pasa las fiestas de guardar en su casa de campo. Familia obliga. X siente como la barbilla le empieza a temblar, como unas lágrimas empañan sus ojos. La habitación, a pesar de ser las dos y media de la tarde, está sumida en la oscuridad. ¡Un pozo, estoy hundida en un pozo!, chilla X entre torrentes de lágrimas comprimidas, mientras golpea la pared forrada de seda.
Pasado el breve pero intenso ataque de rabia, X, mujer de horarios fijos, se dirige hacia la cocina para prepararse un tentempié. Mientras tuesta pan, coloca encima de una bandeja de laca negra, un plato donde ha dispuesto unas lonchas de salmón ahumado, compradas la víspera en una tienda de delicatessen, una botella de albariño, una copa de cristal de Bohemia y una servilleta de hilo. De vuelta al cuarto de estar, deposita la bandeja encima de una mesa auxiliar situada al lado de una chaise longue donde se acomoda después de haber encendido la televisión, situada de frente.
X , a pesar de tener la nariz hinchada y la garganta irritada por el reciente ataque de llanto, saborea la carne jugosa del salmón deshaciéndose, tierna, dentro del paladar, inhala el delicado aroma desprendido por la copa de vino, suavemente mecida por su mano, prolongación lánguida de su cuerpo preso de un bienestar inesperado.
De repente, unos gritos desgarrados llenan el espacio, unas imágenes de una violencia extrema invaden el campo visual situado delante de X. Su mandíbula se paraliza, la copa, peligrosamente inclinada, se derrama encima del jersey de cachemir. La cámara enseña cadáveres hinchados tirados en la calle, un periodista dice que camiones de basura los recogen. X, aterrorizada, se atraganta con el salmón convertido en un amasijo rasposo. Se ahoga, le cuesta respirar, tose. Entre sacudida y sacudida, vislumbra a través de sus cristalinos empañados, unos bomberos revolviendo escombros, intentando encontrar supervivientes. Unos hombres encaramados encima del techo de hojalata de una ruina colindante se ríen blandiendo su botín, una sartén y un par de latas. ¡Desalmados!, vocifera X. La cámara se pasea por la calle devastada. Se oyen gritos de júbilo. La cámara vuelve a paso de carga. Los bomberos han encontrado algo. Extraen una forma yacente y la depositan encima de una camilla. La cámara se acerca, la figura cobra corporalidad, es una mujer. La cámara saca un primer plano de una cara desencajada. Los bomberos intentan introducir agua en la boca. La mujer la vomita presa de convulsiones. Tras la máscara de polvo se adivinan facciones. Tiene mi edad, ronda la cuarentena, concluye X, en un entreabrir de ojos. El terror se convierte en piedad. Que calvario, Dios, que calvario, susurra X delante del cuerpo desarticulado. En la pantalla se imprime el número de teléfono de una entidad bancaria con el siguiente slogan: una llamada= un euro de ayuda para los damnificados. X coge el móvil, marca compulsivamente la cifra indicada una docena de veces, puede que más, quizás menos, y reza una letanía muda que retumba como un eco ensordecedor en las paredes vacías de su cráneo: pobrecita, pobrecita, pobrecita…
Las llamadas difuminan el eco. X ralentiza el gesto, la mirada se calma y se fija en la hora ¡las tres y media! El pan tostado está frío, el vino templado. El salmón sigue jugoso. En un santiamén X ha dado buena cuenta del almuerzo, pero no de la botella medio vacía. No, ¡medio llena!, rectifica gozosamente X. Con sonrisa ladeada, acurrucada dentro de su lujoso jersey de Prada, piensa que, afortunadamente, el vino blanco no deja manchas.
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