Nebulosa.

Hiroshi Sugimoto.

Mientras paseaba por el camino de los aduaneros, el ambiente nebuloso del día (un poco como lo es  la luz de una bombilla tras una pantalla de opalina) confería a mi entorno un aura irreal por mucho que mis sentidos me sugirieran que esta atmosfera era parte de mi esencia.

Al atravesar un prado y dejar de oír el chasquido de mis pasos sobre la gravilla, me acordé.

Cuando era niña, mi madre usaba unos polvos de arroz para perfumar su cuerpo. Rememoré la caja redonda de un color tan desvaído como lo eran las combinaciones de seda que usaba, (un rosa muy pálido tirando a crema, el color de las rosas de té, mis preferidas, untuosidad de pétalos en el roce de la tela contra la piel).

Cuando mi madre se ausentaba, me acercaba a la caja con pasos de felpa. Giraba su tapa con una lentitud que me exasperaba pero que sabía necesaria para no volcar su contenido.

Abierta la tapa, acercaba la cara y olfateaba los polvos de arroz como lo hacía Anaïs, nuestra gata, cuando se tropezaba con el olor tan apetecible de un ratón escondido entre las hierbas de la pradera; mismo deleite lleno de expectativas.

El aroma aspirado era tan remoto y sugerente como  lo es el de la primavera cuando late bajo la tierra, bajo la corteza de los árboles o  se asoma en el primer capullo de narciso en medio de la naturaleza aparentemente muerta.

Cogía la brocha redonda por la borla de flecos (brocha confeccionada con plumón de avestruz), la impregnaba de polvos, contenidos bajo una redecilla rígida. Con impaciencia de niña, ya imposible de reprimir, la acercaba a cualquier parcela de mi piel libre de vestimenta, brazos, cuello, rodillas. Mi piel desvelada adquiría un aspecto perlado, el aire se llenaba de partículas blancas, nube olfativa que me precipitaba en un mundo lleno de anhelos, tan mágico, irreal y lejano como los campos de rosas de Bulgaria que me describía mi madre, cuando reposaba su rostro sobre su brazo replegado  y recién empolvado.

Inefable olor de las rosas de Bulgaria exhaladas por la suavidad azul donde me fundo,  fugacidad de un momento robado a la nebulosa de mi memoria tan caprichosa como esquiva.

Soliloquio en blanco y negro. Poesías publicadas en español y en francés. Quinta entrega.

Portada Juanjo Fernández.

 

 

Entre la red de mis pestañas, te vislumbro en un desván, unos pilares sujetan un techo de maderas pulidas por el mar. Un cielo lechoso fluye en la calma de las ventanas que se balancean en la niebla.

Un lugar sagrado como un templo.

En su centro estás tú como el enigma que plantea el día cuando la noche lo reemplaza.

Mi cuerpo liberado de la herida se refugia en tus ojos.

Las agujas se paran en seco, arañan mi ombligo.

Eres mi epicentro y entre tus brazos me hallo.

 

 

 

Una luz negra baña la habitación como si la primavera y el verano hubiesen pasado de largo. Los ladridos de un perro y las gotas de agua retumban sobre el zinc.

Detrás de la ventana, mi vista se golpea contra una pared tuerta donde se refleja mi imagen en blanco y negro.

Surges a mi lado, te abrazo. No siento ni el calor de tu cuerpo ni la lluvia que fluye. La película se atasca. De nosotros, solo quedan puntos pixelados y el zumbido de la nevera mal calzada.

Un perro me lanza sus garrapatas a la cara y me ladra que estoy loca.

 

 

 

Edward Munch.

 

Sous le filet de mes cils, je t´entrevois dans un grenier, des colonnes  asujettissent un toit de bois poli par la mer. Un ciel de lait  flue et reflue dans le calme des fenêtres  qui  tanguent  dans la brume.

Un lieu sacré comme un temple.

Tu présides son centre  comme l´énigme du jour quand la nuit le remplace.

Mon corps libéré de blessures se réfugie dans  tes yeux.

Les aiguilles s´arrêtent de tourner, griffent mon nombril. Tu es mon épicentre et je tombe dans tes bras.

 

 

 

 

Une lumière noire baigne la chambre comme si le printemps et l´été n´existaient plus. Les aboiements d´un chien et les gouttes de pluie s´acharnent sur le zinc.

Derrière la fenêtre ma vue se cogne contre un mur borgne où se reflète mon image en noir et blanc.

Tu surgis à mon côté, je t´enlace. Je ne sens ni la chaleur de ton corps ni la pluie qui ruisselle. Le film se bloque. De nous  il ne reste plus que des points détachés et le grésillement du frigidaire bancal.

Le chien me lance ses tiques au visage et me crie que je suis folle.

 

Visitando Normandía…cuando el verano tira a su fin.

 

 

De: Anne

Para: ti

Enviado: lunes 29 de Agosto del 2011

Asunto: cerrando la casa

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Aunque falten tres semanas para que termine el verano, aquí, en Normandía, se ha dado por clausurada la temporada estival.

Las contraventanas de las casas de veraneo están echadas, las risas y los griteríos de los niños han cesado. Hoy  el silencio, puntuado por el chillido de las gaviotas, se mueve empujado por el viento. El mar se ha retirado muy lejos, (empiezan las mareas vivas), dejando sobre la arena de las playas el brillo resbaladizo y oscuro de las algas mientras potentes descargas de yodo enloquecen el olfato.

 Día tras día la oscuridad va robando minutos a la luz. Al principio del verano el sol se hundía en el norte de la bahía, ahora lo hace al sur,  justo detrás del fuerte construido por Vauban encima de la colina que cierra la ensenada.

Ya  termina este verano lluvioso con sabor a otoño, o mejor dicho,  este verano que me supo a otoño.

Recuerdo que, de niña, poco me importaban los caprichos de la meteorología. Gozar de la libertad otorgada por mis padres me ocupaba entera. El equipaje todavía sin deshacer, nos soltaban a mis hermanos y a mí  por el pueblo, las playas y los acantilados. La única cadena que nos unía al mundo de los adultos era la  alimenticia. Nuestro toque de queda, la luz del faro cuando se encendía. Añoro este sentimiento de libertad, al igual que este pálpito en el corazón al descubrir la inmensidad del mundo fuera de las paredes del colegio y de la rutina escolar. El globo terrestre se volvía minúsculo en los laberintos sibilantes de las landas, en el torbellino de una ola, en la luz cambiante del horizonte, en el tacto tan suave de un canto rodado alisado por el vaivén secular de los océanos.

Y quizá también eche de menos (aunque no se pueda decir que me apasionara el colegio) la visión  de los lápices nuevos, perfectamente afilados y ordenados, el crujido de los cuadernos al abrirlos por primera vez, el olor a tinta de los libros sin explorar, las ganas de volver a ver mis compañeras de clase.

Pero  lo que sin duda recuerdo con agudeza e infinita nostalgia es la ilusión por vivir en un mundo donde las palabras, traición, abandono o muerte, se leían en los cuentos y, aunque su angustia anidaba en mis temores nocturnos, el primer rayo de luz  rasgaba como si fuera el telón apolillado de un escenario a falta de actores.

 Los años se han encargado de desvelarme el calado y la hondura de las palabras dulces y amargas y  la dificultad de entenderlas, de asimilarlas en su justo momento, en consonancia con los otros, con el otro, y con esta otra, cada vez más dubitativa, que no cesa de observarme tras el espejo.

Por ella, por la que me observa, voy a intentar quitar algo de opacidad a mis cristalinos, para que pueda apreciar conmigo y en armonía, los matices de una vida que nos empuja,  y que con sus prisas y sus exigencias, nos ha arrebatado el sabor del último verano.

Visitando Normandía. Jean-François Millet.

La iglesia de Gréville. Jean-François Millet.

De: Anne

Para: ti

Enviado: jueves, 25 de agosto de 2011

Asunto: Jean François Millet.

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 El otro día, al atravesar el pueblo de Gréville  donde nació el pintor Jean- François Millet, aparqué el coche frente a la iglesia y me dirigí hacía la aldea de Grouchy donde está situada su casa natal.

Casa de Jean- François Millet.

Una aldea tranquila donde se oye el crujido de los pasos, el canto de los pájaros, los ladridos de los perros. Una aldea que hubiese sido del agrado de Rousseau, gran amigo del pintor.

Calle de Grouchy.

Proseguí mi paseo decidida a llegar hasta la última casa del pueblo, pintada por Millet, cuadro que, al contemplar, siempre me retumbó en el corazón, como las campanas del “Angélus” lo hacían en él de los campesinos que las escuchaban. Potente retumbar íntimo que no me explicaba.

 El “Angélus”. Jean- François Millet.

Cuando llegué delante de la casa, me tapé los oídos para ahuyentar el silencio.

La casa era la misma, su estructura, aunque renovada, no había cambiado, los huecos de las ventanas y de las puertas eran idénticos. Los propietarios habían hecho lo mismo que la municipalidad con la casa donde había nacido Millet: adecuarla a los tiempos modernos. Este hecho previsible no podía ser la razón que me sumergiera en semejante estado de melancolía.

 La misma casa  pintada por Millet.

¿De dónde podía provenir tanta tristeza? ¿De las ocas que ya no se contoneaban sobre el suelo de barro? ¿De la ausencia del árbol retorcido, que al igual que un remolino se lanzaba al cielo para alcanzar las nubes? ¿De la no presencia de la campesina y su niña agarradas a él, reteniendo un momento de eternidad?

El aire, olía a hierba recién cortada, a flores, a tierra húmeda, a establo. El follaje de la vegetación que me rodeaba se meció movido por una ligera brisa, entonces el olor a mar llenó mis pulmones y  supe que el elemento perturbador, el que hiciera que la melancolía me hubiera invadido con tanta potencia era la ausencia del mar, de su inmensidad llena de misterios, de tantas leyendas y naufragios narrados por mi abuela. Muchos de los seres que poblaron mi pequeña infancia han desaparecido, al igual que han desaparecido las ocas, el barro, la mujer y su niña, el árbol erguido como una exhalación, pero el mar sigue estando aquí,  masa liquida e inmensa, cimiento de mis recuerdos en un perpetuo vaiven.

 El camino no se paraba en la casa. Lo seguí y a los pocos pasos el mar se desplegó delante de mis ojos. Su belleza me aspiró como un torbellino, me así a un árbol para retener el momento…  una  ocas graznaron en la lejanía.

 

Solo faltaban la campesina vestida de rojo y la niña para recomponer el hechizo. Al darme cuenta que llevaba una camiseta marinera de rayas rojas y blancas, me entró la risa… en cuanto a la niña, no me preocupó nada… ¡Menos en contados momentos de deserción, procuro llevarla siempre conmigo!

P.S. Van Gogh fue un gran admirador de Millet, al que llamaba su maestro, inspirándose en  numerosas obras suyas. Las interpretaba a su manera. ” La sieste” es un buen ejemplo de ello.

Visitando Normandía. Un día en la playa de Omaha Beach.

De: Anne

Para: ti

Enviado: Lunes, 22 de agosto de 2011

Asunto:  te mando unas fotos de la playa de Omaha Beach, 67 años después del desembarco, esperando me perdones mi silencio tan reiterativo.

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La niña abraza el mar que palpita en ella, la playa se extiende sobre su piel, el azul del cielo  colorea sus ojos, el vuelo de los pájaros agita sus manos. Su alma se hincha de deseo, las olitas blancas de la orilla le tatarean una melodía serena. En su sonrisa brilla la vía láctea.

La niña ignora el nombre de la playa, “Omaha Beach”, así como su longitud: ocho kilómetros. Ignora que sobre esta arena, donde construye torreones para princesas inventadas, murieron miles de hombres en ocho horas. Ocho horas, ocho kilómetros.

La niña no sabe que, donde está saltando de alegría, hubo minas, erizos de acero, ametralladoras. La niña conoce los días grises, de un gris volátil, borrado por una simple caricia. Desconoce el gris plomo que obtura el grito hasta ahogarlo y convertirlo en un agujero fétido.

A la niña no le gustan las estructuras de hierro recubiertas de algas que salpican la playa; cuando pasa a su lado un escalofrío la recorre al igual que cuando salta algún monstruo de las páginas de un cuento.

Cuando el sol empieze a declinar en el horizonte, la niña volverá a  casa después de haber escalado un bunker medio enterrado.

Cogerá la calle del soldado Calandrella, una calle de flores, la más bonita del mundo.

Las flores le cosquillearan las piernas y, como todos los días, la niña correrá ebria de libertad como lo hacía el niño Calandrella  después de un día de juegos entre inmensas praderas.