“En nuestra vida hay un solo color es el color del amor”. Marc Chagall. 2)

The woman and the roses. Marc Chagall.

Hoy, uno de mayo, ella se siente flor,

un ramillete de lirios del valle

decenas de campanillas blancas

de textura frágil e intensa fragancia

rizando la brisa de ráfagas de alegría.

Ella quiere ser eterna primavera,

la primavera de su dulce remero,

quiere esperarlo tendida entre pétalos de rosas

y brillante follaje, lacia y envolvente como las lilas,

quiere regalarle la luna, abrochársela en la solapa

para que él nunca olvide su sonrisa,

para que  no se sienta solo en el azul de la noche,

para guiarlo hacía su cueva secreta, mullida y tibia,

entre  brumas opalescentes de amor.

“En nuestra vida hay un solo color. Es el color del amor”. Marc Chagall. 1)

Promenade, Marc Chagall, 1918.

La lluvia dice que no es primavera
los periódicos afirman que es invierno
la pobreza tendida al ras del suelo lo confirma
los perros errantes esconden el hocico
bajo unos harapos orlados de negro
donde el mundo ulula su miedo y su desamparo.

Pero tú y yo, amor, vivimos en verano
la ciudad se despereza en verdes praderas
el samovar humea en el corazón de las amapolas
el cielo tiene la transparencia del rocío
mi vestido ondea como estandarte
en el desliz lila de las noches blancas
primavera violenta y tierna que en mí renace.

Viajando por Noruega. Travesía y fin de viaje.

En el barco la vida deja de ser una línea recta para volverse curva. No teniendo nada que hacer entre escala y escala , las horas pierden su rumbo como lo hacen las de una tarde de domingo.
El espacio vital (detrás de las ventanas) se vuelve onírico. Las visiones, movedizas, debido al oleaje, se renuevan segundo a segundo. Su tonalidad puede pasar de una realidad en blanco y negro dura como el acero (cuando la paleta de grises se evapora)

a otra tan transparente y brillante como la superficie de un espejo.

El silencio, pura escarcha, se vuelve táctil. Cuando se dibuja una isla dentro de este silencio, (vuelto esencia de uno mismo) no resulta difícil cogerla en la palma de la mano, acariciar su frialdad y su soledad, calmarla como a un pajarito con un ala rota y susurrarle en su oído de piedra que entiendes su desesperación al saber que no podrá volar a pesar de poseer toda la inocencia y la rebeldía para poder hacerlo.
Cuando la isla se desliza fuera de ti, solo queda el recurso, para que no naufrague su recuerdo, dibujar con el índice sus contornos en la palma de la mano. Te sobresaltas al comprobar que las líneas de tu mano calcan el perfil que se va alejando en el horizonte, perfil genéticamente tuyo.

El cuerpo sube y baja al ritmo de este mar tan ermitaño y tan puro, se sumerge en avalanchas de espuma, maravillosa sensación la de ser sirena de proa, erguida y soberbia, en la cresta de la ola; profunda angustia, al sentirse proyectada en un valle marino, el cuerpo rastrillado por el chillido metálico de las gaviotas, lacerado como el de una heroína de Hitchcock.

Al llegar a puerto, el mar se calma, la naturaleza se vuelve reflejo, la existencia se percibe como una unidad de tiempo no más importante que la que la precede o la que la sucede. Dentro de esta naturaleza tan soberbia, uno no puede más que sentirse minúsculo… pero al aspirar una bocanada de aire siente como los cincuenta billones de células que componen su cuerpo vibran de placer al sentirse vivas e irrepetibles en el fluir de los siglos.

… ¡y con esta bocanada de aire puro este viaje se da por terminado!

Viajando por Noruega. Embarcando en el Hurtigruten.

Al media tarde el Hurtigruten espera a sus pasajeros en uno de los diques de Kirkenes para realizar un crucero por las aguas del Círculo Polar Ártico, única manera de descubrir costas que solo se pueden divisar desde mar adentro. El Hurtigruten (“Línea rápida” en noruego) es un barco de correos, fundado en 1893 con el propósito de poner fin al aislamiento sufrido por los moradores de estas tierras (repartidos en puñados de casas dispersas a lo largo del litoral) durante los largos inviernos polares.

El barco alía ahora su función de correo con la de carga, la de ferry y la de barco de crucero. El itinerario original no ha cambiado y el buque sigue parando en los mismos lugares desde hace más de un siglo, siguiendo un horario estricto… siempre y cuando las condiciones climatológicas lo permitan.
Levamos ancla.

Soltamos amarras.

Los marineros se activan en proa, los rostros enrojecidos por el frío. Algunos no llevan guantes y sus manos hinchadas traen a mi recuerdo las vicisitudes de los hombres de la mar que exploraban estas inhóspitas aguas o las de los que faenaban en ellas en condiciones infrahumanas.

Nos vamos alejando de la costa y de sus blancas explanadas. El aire azota mi cara como lo hacía esta mañana cuando, instalada en un trineo tirado por dos hermosos perros de ojos color turquesa, me deslizaba sobre la nieve. Los únicos sonidos eran las respiraciones de los canes, algún que otro ladrido, el roce de las cuchillas del trineo sobre la superficie algodonosa, sonidos amortiguados como si fuesen subterráneos; las únicas sensaciones eran la de los copos de nieve rellenando blandamente el silencio y dándole una consistencia esponjosa, la de la calidez de mi aliento bajo mi bufanda, el deslumbramiento al notar el pálpito de Rusia, harapos de ensoñación suspendidos entre las ramas de los abedules que delimitan su frontera con Noruega.

Al darme la vuelta para resguardarme en el interior del barco una ventanilla helada llama mi atención.

La ensoñación se vuelve realidad. Detrás del cristal el Doctor Zhivago acaricia los arabescos de las flores de hielo y bajo sus manos abiertas a la ficción, al deseo de amar y de vivir, florece la primavera amarilla de los narcisos en cuyo corazón se abre el rostro de Lara.

Viajando por Noruega. Kirkenes.

El primer impacto al llegar a Kirkeness,  pequeña ciudad noruega fronteriza con Finlandia y Rusia, no me lo provocó el frío ( venía equipada para soportarlo) sino la pureza del aire, pureza potenciada por extensiones inmensas de nieve virgen divisadas desde el avión. Los samis, primeros pobladores de estas tierras, tenían más de cien palabras para describirla: si era apta para esquiar, su grado de densidad, de profundidad, si era antigua o nueva, si había sido pisada… Al fin,  una riqueza de lenguaje difícil de atribuir a una tribu nómada (tribu que creo, por los libros que estoy leyendo, tendría muchas lecciones que darnos… o darme, por ser más exacta).

Lo asombroso de esta ciudad (a la que en España llamaríamos pueblo ya que el número de sus habitantes no supera el de 3.300) son sus contrastes.. El mar, según las zonas y la luz, puede pasar en cuestión de segundos de ser una superficie turquesa

a ser otra muy negra cuyos hielos se fragmentan en silencio.

El ambiente puede ser hostil como lo puede ser el de una mina de hierro

o  el que despide la dureza punzante  de unos buques de guerra

o bien el que surge de la corrosión de los  barcos de pesca.

Pero  a unos pasos de la mina, de los buques de guerra, de las carcasas oxidadas de los barcos de pesca, se abre la calma de una calle nevada

la esponjosidad de las objetos que solemos considerar duros

el sosiego del cementerio frente al fiordo donde los muertos descansan en paz bajo la ligereza del manto de nieve y del balanceo de los abedules.

 

Sin embargo en Kirkeness hay una imagen donde se junta la oscuridad y la luz, lo duro y lo blando, el furor y el sosiego.  Es la de una casa edificada sobre un antiguo bunker. Una metáfora que resume el espíritu de un puñado de seres humanos que sintonizan con la naturaleza por muy inhóspita que esta se pueda mostrar.

En este lugar fuera del mundo existe una isla fantasma que aparece y desaparece entre nieblas ¿ Sueño?  ¿ Realidad? No tiene importancia. La  importancia la tiene la hermosura de su evocación y los centenares de nombres con los que se la puede venerar.