A mi padre. Fathom, a seis pies bajo el mar.

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Cuando aprieta el calor y se ensancha la pereza,

desde la tibieza hueca del sofá, creo hallar tu presencia.

Empujados por el frescor de mi abanico, los visillos se hinchan

y tu silueta se dibuja entre partículas de salitre

tendidas sobre hilos de luz. Tuyo es el espacio.

Tuyo por entero. Me mareas. Me asfixias. Te suprimo. No puedo.

En la oscuridad de los posos del café, te reinvento, joven y bello.

Te otorgo otra vida. Una vida feliz. Serás mi colgante de obsidiana,

corazón de basalto cercado de metal. Vetas rojas, estuario de mi piel.

Anochecer de borrasca,  tú y yo a seis pies de profundidad.

Para siempre, tú y yo bajo el mar. Para siempre en la sima, padre.

Mi jardín soñado.

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 Fotografía Annie Leibovitz.

Mi jardín soñado

huele a castañas asadas

a lirios y a jacintos,

sus flores de hielo abren los espejos

bajo el azul de las jaracandas,

podría ser el parque del Retiro

los jardines de Luxemburgo

una plaza de un pueblo boliviano

o la citadela de San Petersburgo.

Podría estar en el confín del mundo,

ser inventado, expandirse en el universo,

sin embargo solo existe cuando me besas,

en el coto cerrado de nuestro abrazo.

Rosa de mí.

 

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Fotografía Anne Fatosme.

Cuando la tarde se abre, calada de oropel,

y mi sangre se alondra,

vuelo hacía el jardín de mi infancia.

Tras la niebla del portón,

el universo manda señales

desde el brillo de un ojo de cristal.

Bajo los brochazos de un otoño, dulce y cruel,

el olor de la tierra oscura, todo lo penetra,

el cielo se vuelve pasadizo

y mi corazón expande

el botón de la rosa,

baile de volutas

despliegue de pétalos

dulzura bajo las espinas

languidez en la derrota,

baile al compás

de un rumor a muerte,

granizo sobre el zinc,

baile de un insomnio malva,

pliegues de satén,

azul  desvaído de unos pasos que se fueron,

tan a la sombra de las jovencitas en flor,

tan lejos de Guermantes

y  tan dentro de mí.

P.S. Esta rosa vive en mi terraza, la cuidé, la regué, le puse abono, le dí mi cariño, la fotografié y le escribí un poema. Su belleza, aunque perecedera, lo merece.

Primavera mía. 13/05/2013

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Patricia Robert Smith.

 

Este deseo irrefrenable de ser primavera

hoja de savia

penumbra de musgo

 

azul

 

fragancia

flor de castaño

opulencia de sentidos

 

ráfaga de luz

olas chispeantes

playa donde tumbarse

bajo los adoquines.

 

Este deseo irrefrenable de empujar de nuevo

el portón de la inocencia

y, entre campos de amapolas,

ceñir mi cintura de un atardecer oriental

serpiente enroscada en mi ombligo

donde ondea el trigo y nace la tormenta.

 

Primavera mía,  divina opalescencia.