Graffitis en el Soho. Segunda parte y fin.

 

Bansky.

En el cuarto de estar del apartamento contiguo a la galería, Pedro Toledo, un quincuagenario alto y delgado, mecía su melena plateada con delicadeza de pianista. Sentado en un chéster  miraba con sonrisa beata unos recortes de prensa dispersos sobre una mesa baja. La exposición estaba siendo el bombazo de la temporada.  Inspiró largamente, cerró los ojos en un estado próximo a la levitación, expiró muy despacio, deseoso de prolongar el cosquilleo de placer que había invadido su bajo vientre.

Cuando estaba volviendo a inspirar, Dorothy, la dueña de la galería, entró  en la habitación interrumpiendo el estado de beatitud en el que  se hallaba sumido el artista.

-Señor Toledo, perdone que le moleste, pero le tengo que contar una anécdota curiosa, dijo Dorothy en un perfecto castellano.

-Dorothy, por favor, usted no me molesta nunca, todo lo contrario, contestó el aludido con sonrisa cautivadora.

- Señor Toledo, aunque suene surrealista,  ¡acabo de echar a un vagabundo que decía ser usted!

Un calambre retorció el estomago del señor Toledo, su punto débil. Su rostro, sin embargo, se mantuvo imperturbable.

-Dorothy, ¿cómo era?  ¿Me lo puede describir?

- Pues… ¡Como todos los homeless!  Deje que haga memoria… joven…veinticinco quizá treinta… tirando a alto… escuchimizado… pelirrojo…, con barba… Pensé que era irlandés hasta que empezó a hablar en español, un español perfecto, muy parecido al que usted habla.  Me extrañó mucho. ¡Un vagabundo hablando como un caballero!

-¡Santo Dios, Dorothy!  ¡Me acaba de describir a Pedro, un paciente mío!

Dorothy  empezó una frase, no escuchada por su interlocutor absorto en su propio discurso.

-Hace un par de años  Pedro acababa de salir de una recaída de la esquizofrenia que padece. Tengo unas obras mías colgadas en la consulta, se fijó en ellas, le gustaron. Le aconsejé empezar a pintar, en este tipo de enfermos la pintura suele ser una buena terapia. Estaba eufórico, había encontrado su vocación.

 La semana pasada me soltó que se alegraba haberme regalado sus lienzos para adornar las paredes de la consulta.  Tuve que  ingresarlo. ¡Se ha escapado en pleno brote sicótico! ¿Se da cuenta de la gravedad del caso? Hasta ha borrado de su mente el apellido paterno García,  se auto llama Pedro Toledo, como yo, ¡Pedro Toledo! ¡¡¡Qué puedo hacer Dorothy!!!  Dígame  ¿qué puedo hacer?

Sin esperar respuesta el verdadero Pedro Toledo se levantó, abrió la puerta trasera del apartamento y desapareció en una callejuela dejando a Dorothy conmovida por la sensibilidad de aquel hombre  que tenía la fortuna de conocer.

Ya era media noche cuando  Pedro Toledo volvía a la galería, cansado de buscar a su paciente durante horas. Después de acceder al apartamento por la puerta trasera, no pudo resistirse a encender las luces de la galería, deseoso de contemplar su obra antes de irse a dormir. Iba a pulsar el interruptor cuando a través de la luna del escaparate, vio la espalda de un hombre sentado bajo una farola. La luz confería a su pelo rojo un fulgor de llamas. El odio deformó el rostro de Pedro Toledo. Mientras abría la puerta  puso toda su energía en recomponer su semblante habitual y en moderar su paso al cruzar la calle.  Al acercarse, empezó a visualizar una sombra en la pared blanca de la casa de enfrente. El loco estaba dormido. Unas gotas de sangre manaban de una brecha en el mentón terminando de empapar la  barba viscosa. Pedro Toledo se acercó a la pared. Cuatro trazos rojos de una belleza sobrecogedora, la adornaban. Un esbozo digno de figurar en la galería junto al resto de la obra de su creador, Pedro García Toledo. Un pincel, en el que la sangre se coagulaba, yacía en la acera.

No había sido difícil para el psiquiatra, pintor frustrado, después de que su enfermo le enseñara un blog de dibujos, convencerle para que se fuera a vivir a una buhardilla de su propiedad, incitarlo a pintar sin tregua, firmar con el apellido de su madre y apoderarse de su obra.

Con voz amaestrada por años de experiencia, el médico murmuró al oído de Pedro “Despierta, hijo, despierta.  Estoy aquí para ayudarte.” Pedro, al abrir los ojos y ver a su protector, supo que todo se iba a arreglar. La voz  fluía dulce como la miel, Pedro se dejaba mecer por las inflexiones tranquilizadoras del discurso sin prestar atención a su contenido. Solo llegó a captar el sentido de la última frase –“Mañana, entrarás en la galería con todos los honores, de eso me hago cargo, pero antes Pedro, tienes que descansar, volver a medicarte, para dar la talla, para tener la capacidad de enfrentarte a la fama que te espera. “

Pedro Toledo  lo ayudó a levantarse, llamó a un taxi y lo llevó a una pensión. Lo dejó en la puerta, le metió unos billetes en un bolsillo, un frasco de medicinas en el otro y le ordenó tomarse todas las pastillas nada más acostarse.  Lo pasaría a buscar al mediodía, tenía que  descansar, asearse, estar en plena forma para su día de gloria. “Todas las pastillas Pedro, acuérdate, es muy importante, todas las pastillas”. Estas fueron las últimas recomendaciones de Pedro Toledo, pronunciadas en un tono que no admitía replica.

Pedro se tomó la dosis letal sonriendo a la vida que, por fin, le era favorable.  

Mientras tanto  Pedro  Toledo  regaba de orina la pared donde Pedro había dejado impresa su última obra.

Fin. 

Graffitis en el Soho. Primera parte.

Bansky

Primera parte

¡Largo de aquí gandul!
Pedro García Toledo no se movió. Estaba profundamente dormido y la voz no lo alcanzó, pero sí el empujón brusco que lo propulsó al suelo. No entendía lo que pasaba, no sabía dónde estaba. Tenía la boca seca, la lengua hinchada. El impacto de un bulto tirado sobre su estómago le arrancó un quejido. Cuando intentaba abrir los ojos, una tela rasposa le cayó encima de la cara tapándole la vista. Al empuñarla para quitársela de encima, la identificó como la de su chaquetón marinero. Tres individuos, con cara de pocos amigos, se habían sentado en los asientos donde se había quedado dormido. Pedro recogió su mochila que se había deslizado del estomago al suelo, y optó por la retirada.
Le costó identificar el sitio donde se encontraba. Los nuevos fármacos le producían modorra. El aeropuerto estaba abarrotado, abrirse paso entre la gente tirada por el suelo, sortear las colas que empezaban en las puertas de entrada para terminar en los mostradores, rozaba la odisea. Una pregunta lo dejó clavado ¿Que estoy haciendo aquí? Pedro no recordaba haber proyectado ningún viaje. Por la cremallera de la mochila, asomaba un trozo de papel, tiró de él. Era un billete de avión para Londres. Se alegró un momento al averiguar su destino para verse sumergido al segundo siguiente, en un abatimiento profundo al no conseguir recordar el motivo de su viaje.
Necesitaba un par de cafés. Compró el periódico. Mientras sorbía los expresos le sobresaltó la fecha impresa, 21 de abril. Acababa de leer en el billete que su salida a Londres estaba prevista para el 19. Algo no cuadraba. Cuando al hojear el periódico vio las fotos de la erupción volcánica, de la nube de humo, de decenas de aeropuertos europeos colapsados, recobró parte de la memoria perdida. Al llegar a las páginas culturales y leer que la inauguración de la exposición del pintor novel, Pedro Toledo, en una galería vanguardista del Soho, estaba siendo un éxito, se le escapó una carcajada. No volvería a tomar pastillas en su vida, le dejaban el cerebro como un colador. Al irse, dejó encima de la bandeja sus frascos de medicinas junto a los vasos de plástico.
Por la tarde empezaron a salir aviones. Pedro no tuvo suerte. Tuvo que esperar un día más para poder despegar. Al llegar a Heathrow le tendió al taxista un trozo de periódico arrugado con las señas de la galería.
El frenazo del taxista al llegar al lugar del destino sacó a Pedro del sueño donde había vuelto a caer, vencido por el cansancio. Cuando fue a sacar la cartera del bolsillo de la mochila, solo encontró el billete de avión. Abrió la mochila de par en par y empezó a revolver el amasijo de ropa sin éxito. El taxista gruñía. Nervioso, Pedro palpaba los bolsillos del chaquetón, de los vaqueros. Se tenía que rendir a la evidencia. Había perdido la cartera. El taxista se había dado la vuelta. Su rostro se asemejaba más al de un Pitbull a punto de atacar que al de un inglés flemático. Su expresión cambió al ver el reloj que Pedro llevaba en la muñeca. Lo señaló y con el puño golpeo el cristal que los separaba, de forma tan violenta que Pedro se quitó el reloj ipso-facto y lo deslizo por la abertura.
Pedro estaba con un pie en el estribo y otro en el suelo cuando el chofer arrancó. Cayó de bruces en la calle con tal mala suerte que su barbilla fue a dar con el canto de la acera provocando una brecha de donde manaba un hilo de sangre. Al incorporarse y ver su obra favorita “Figura sobre fondo rojo” expuesta en el escaparate de la galería, saltó de alegría y todo rastro de cansancio, dolor o contrariedad, se esfumó de su mente. Unas cuantas zancadas le bastaron para cruzar la calle y dos más para llegar hasta la puerta de entrada y empujarla.
Nada más verlo entrar, la galerista, después de esbozar una mueca de repugnancia, hizo un gesto al guarda de seguridad para que echara a la calle al homeless que se había atrevido a franquear las puertas de su establecimiento.
Pedro, a pesar de haberse presentado de manera formal con un punto de grandilocuencia, fue eyectado a la calle sin miramientos. Detrás de la puerta acristalada cerrada a cal y canto, la dueña giraba el índice sobre su tímpano con sonrisa despectiva.
El único rastro que quedaba de Pedro en la galería, cuando dos policías le obligaron a alejarse, eran unas gotas de sangre encima de la tarima y sus cuadros colgados de la pared.
(Continuará)

Sueño monocromo.

Detrás de la ventana, una mujer subida encima de una escalera plegable, sueña.
El tiempo se detiene. Nubes cargadas de lluvia adhieren al cristal. Las yemas de sus dedos dibujan sombras añoradas. La cabeza, absorta por el pasado, se inclina atraída por la claridad difusa de un recuerdo encendido tras una pantalla de opalina. Sus manos se aferran a un marco craquelado por el tiempo. Sus ojos se deslizan sobre un embarcadero hundido. Su rostro se hiela en la lentitud precisa del alejamiento. Sus labios se cierran obturando estratos de soledad.
El dibujo se difumina. Un gris dulce y calmo desborda los contornos, tiembla en un universo ambiguo donde sombra y luz se confunden.
Detrás de la ventana, una mujer reemprende su tarea, pulveriza un poco de limpiacristales sobre una bayeta. Huele a amoniaco. Sus ojos irritados se llenan de lágrimas.

Asesinato en Facebook.

Momias de los amantes de Teruel.

El día en el que aceptó la petición de amistad de Jessica García, nada hacía presagiar a Felipe Cantalapiedra que la chica retratada en el perfil de Facebook, iba a terminar tres meses más tarde embalsamada en su taller. ¿Pero cómo un hombre en su sano juicio hubiese podido pensar que una contable de veinticinco años de facciones anodinas iba a resultar ser la peor pesadilla de su vida?

Felipe tenía treinta años. Su madre había fallecido al dar a luz. Su padre había inculcado a su hijo único el amor a un oficio que, en la familia Cantalapiedra, se transmitía de generación en generación. Taxidermista. La conjugación del aprendizaje precoz de su profesión con la de un carácter introvertido había convertido a Felipe en un hombre solitario. Absorto por su trabajo que más que un trabajo, era su razón de ser, no se sentía en absoluto desdichado. Enganchado a Internet, se pasaba los escasos ratos de ocio chateando con su padre, jubilado en Benidorm, y navegando en la red. Sin embargo echaba de menos algún que otro ligue. Era tan tímido que al intentar entablar una conversación con una desconocida empezaba a tartamudear, las gafas se le empañaban y, delante de semejante bochorno, optaba por la retirada. Había comentado su problema a un cliente, con fama de Don Juan. – Facebook no es mal sitio para ligar y al entablar una relación virtual previa a la primera cita, te sentirás menos cohibido -. Lo había añadido a su red de contactos. El resultado no se había hecho esperar. A los pocos días le llegaba una primera petición de amistad, la de Jessica García.

Jessica, trabajaba de contable en una empresa dedicada al almacenaje de hierro. Encerrada en un cubículo adosado a la nave, se pasaba el día frente al ordenador dando la espalda a sus dos compañeras. Jessica, de carácter dominante pero sobre todo cambiante, (pasaba de la apatía a la cólera sin motivo aparente), les había caído mal desde el primer momento. Empezaron a hacer reflexiones sobre su extrema delgadez y cuando se dieron cuenta que a Jessica, le daba por arrancarse el pelo, las reflexiones se convirtieron en burla, hecho que no la afectó. Daba por hecho que el mundo estuviera en su contra. Además en cuando pudiese, dejaría de trabajar, se casaría y tendría hijos. Esa era su meta. Hasta ahora no había tenido suerte. Hacía parte de esa categoría de personas que producían rechazo. Hasta en sus padres. Hartos de sus ataques de violencia, después de pegarle varias veces a su madre, la habían puesto de patitas en la calle. Jessica, había cambiado de ciudad de inmediato. No deseaba volver a ver a sus progenitores. Ellos la habían concebido, educado ¿Que culpa tenía ella de ser la hija de unos inútiles? ¡Nadie elige su familia! Pero ella, Jessica, crearía una a su medida.

Cuando, al rastrear Facebook, vio la foto de Felipe Cantalapiedra, residente en la misma ciudad y leyó su perfil, supo que estaba cerca de lograr su objetivo. Después de unos cuantos chateos quedaron en verse en una cafetería del centro. Cuando Felipe contempló a Jessica, esperándolo de pie, al lado de la barra, se quedó de piedra. La cara de osatura ancha, correspondía al rostro de la foto, pero nada lo había preparado para recibir el impacto del cuerpo esquelético que lo sostenía. De no ser por la expresión de deseo y adulación que desprendían los ojos de esa mujer, expresión absolutamente nueva y embriagadora, Felipe se hubiera dado media vuelta y habría salido corriendo.

 

Felipe no solamente se quedó con Jessica, sino que aceptó su proposición de acompañarlo a casa, encantado de constatar que el tartamudeo no había entorpecido la incipiente conversación y que sus gafas seguían sin empañar. Durante el camino la chica no paró de hablar. Poco acostumbrado a las mujeres, aceptó como normal el tono de voz chillón. Normal, pero cargante.

Cuando entraron en el cuarto de estar, Jessica dejó escapar un gritito asustado. Decenas de ojos de cristal la escrudiñaban escondidos en los recovecos de la habitación irregularmente iluminada por la luz rojiza del sol en su ocaso. Mientras Felipe le explicaba cual era su profesión, Jessica se iba arrimando poquito a poco a su costado emitiendo de nuevo grititos, pero esta vez, admirativos. Felipe empezaba a sentirse francamente a gusto. Encendió la luz. Una fauna variopinta abarrotaba el espacio. De las paredes colgaban cabezas de jabalíes, de ciervos. Perdices, ardillas y estorninos cubrían las mesas. Lo que más le gustó a Jessica fue un periquito azul, recuerdo de la difunta madre de Felipe, y lo que menos, un zorro acechando a un gallo, obra del propio Felipe. Cuando Jessica le preguntó como realizaba su trabajo, esquivó la respuesta contestándole que lo llevaba a cabo en el sótano acondicionado para este menester.

Un oso polar, pieza clave de la colección, y obra maestra de un antepasado, adornaba el dormitorio. Situado frente a la cama, Felipe lo contemplaba todas las noches, henchido por el orgullo de pertenecer a una saga de artistas. Jessica, simulando estar asustada por la mirada fiera del oso, se abalanzó con tal ímpetu en los brazos de su anfitrión, que cayeron los dos encima del colchón. Las costillas famélicas de Jessica se incrustaron en la tripa de Felipe, unas manos que más parecían garras de ave, empezaron a desvestirle, unas piernas huesudas se enredaron alrededor de la cintura, mientras una lengua helada le lamía la cara. Las gafas se empañaron por completo cuando, el taxidermista que siempre anidaba en su cabeza le sugirió que esta pieza necesitaba demasiado relleno para salirle rentable. Felipe se deshizo del nudo corredizo de un empujón y tartamudeando. Jessica, con el vestido camisero abierto de par en par se asemejaba a un triste despojo. Mientras se abrochaba la bragueta, atribuyó sus prisas a un encargo urgente esperándole en el sótano. Jessica se despidió con un mohín, según su criterio muy sexy, (lo había ensayado numerosas veces delante del espejo), susurrando al oído de su amor…¡¡¡cariño, ha sido maravilloso!!! ¿Nos vemos mañana? Felipe esquivó el beso, eludió la cita del día siguiente y avisó que tenía la semana copada por exceso de trabajo. Se despidió con un evasivo, hasta pronto, que para él equivalía a un rotundo adiós. La mirada que le había seducido una hora antes, le daba asco. Se le antojaba fluorescente, larvas anidando en carnes descompuestas. Nos mantendremos en contacto en Facebook, fueron las últimas palabras de Jessica, amortiguadas por el espesor de la puerta.

Avanzada la noche, terminado el vaciado de una mofeta, Felipe, abrió el ordenador, navegó un rato por la red, se metió en Facebook, donde ya tenía unos cuantos contactos, la mayoría gente de su gremio o cazadores. Cual no fue su sorpresa al descubrir que Jessica había colgado en la página principal las fotos de ambos atravesadas por una flecha tirada por un Cupido con cara de cerdito y un comentario anunciando el principio de un apasionado noviazgo.

 

Y apasionante resultó ser el noviazgo. Para Jessica. Al día siguiente llegó eufórica al trabajo. La mirada perdida en la pantalla del ordenador, empezó a balancearse rítmicamente de atrás hacía delante. Con voz ida canturreaba – ayer por la tarde encontré el amor de mi vida, mi vidaaa… Sus compañeras le preguntaron con tono burlón, como podía afirmar tal cosa cuando apenas había ocurrido. Jessica volteó la silla giratoria con violencia y les contestó con las mandíbulas prietas que cuando este tipo de cosas le sucede a una, lo sabe. Se paró en seco y empezó a articular despacio y con mucho énfasis – lo de la descarga eléctrica, en mi caso, de cien mil voltios, no es una imagen, es una certeza. -¿Compartida, la descarga?- Preguntaron con sorna dos voces al unísono. Jessica, fuera de sí, agarró lo primero que encontró encima de la mesa, la grapadora, y con gesto amenazante, les chilló que la dejaran en paz. Acto seguido, se levantó de la silla y pegó un portazo. Se pasó el resto del día colgando en Facebook, declaraciones pasionales, componiendo versos, mandando corazones, besos y flores al objeto de su amor.

Muy a su pesar Felipe miraba la página de Facebook a diario como quien contempla un ente extraño. Sacudía la cabeza con gesto impotente, pensando que la mejor respuesta a esta invasión era optar por la táctica del avestruz, quizá por estar disecando una. Triste asociación de ideas, pensaba mientras tiraba las vísceras del pajarraco. Al cabo de una semana se vio avasallado por mensajes personales preguntándole si le faltaba mucho por acabar su trabajo. Absorto en la tarea de reconstruir el bicho, no les prestó atención. Jessica, enfurecida por el desprecio, estuvo a punto de estropearlo todo. Ir a su casa. El recuerdo de un ligue dado a la fuga por atosigamiento atravesó su mente. Optó por cambiar de estrategia. Este hombre sería suyo de por vida, bien podía esperar un par de semanas en volver a verlo.

Felipe iba recobrando paulatinamente la calma en su sótano forrado de azulejos blancos. Buscaba con ahínco dar al avestruz un gesto natural, devolver el lustre a las plumas, dotar a los ojos del brillo original .Y lo conseguía. Cuando observaba a sus semejantes, le asombraba como muchos de ellos tenían un aspecto mucho más mortecino que sus animales disecados.

Jessica en cambio se pasó la primera semana encerrada en casa, pisoteando con rabia las losetas del piso. 553 losetas contadas miles de veces de forma obsesiva. Cuando se equivocaba en el cálculo y sobraba o faltaba una, estrellaba contra el maldito suelo cualquier objeto a su alcance. La segunda semana la pasó arrancándose pelos de la cabeza de forma metódica. Su único alimento consistió en unas manzanas y litros y litros de agua. De pura desnutrición se le hincho la tripa. Al verse en el espejo tuvo la certeza de estar embarazada.

Sin pensárselo dos veces lleno la página de Facebook de patucos, anunciando la buena nueva. Para más seguridad mandó un mensaje a Felipe.¡¡¡¡Cariño, vas a ser papa!!!!

Cuando Felipe leyó el mensaje, no se cayó porque ya estaba sentado. Contestó de inmediato.

-Apenas nos conocemos, no pasó nada entre nosotros, así que déjame en paz y basta ya de locuras.-

-A Jessica no se le pone de patitas en la calle así como así, malnacido, y menos con tu hijo creciendo en mis entrañas – farfullaba Jessica mientras merodeaba alrededor de la casa de Felipe. La noche estaba oscura, al acercarse a la ventana iluminada del cuarto de estar, se tropezó contra las raíces de un árbol. Felipe, recostado en la butaca, oyó un crujido. Pensó que era otra vez el perro del vecino mientras tomaba su quinto whisky. La bebida había conseguido aplacar los nervios. Preso de sopor, cayó en un sueño plomizo.

 

Las pezuñas del avestruz le raspaban la cara. El eco de un grito rebotó en su cabeza. Felipe hizo un esfuerzo para abrir los párpados. Pesaban como losas. Una mancha se hacía y deshacía en la neblina de sus ojos desenfocados. Unos sonidos pegajosos se colaron por su oído precedidos por un aliento con olor a bilis. La mancha se fue convirtiendo en una calavera recubierta por un pergamino ajado a punto de estallar bajo el empuje de una osamenta afilada. Dos canicas enfebrecidas lo escrudiñaban desde lo más profundo de unos cuencos negros. Cuando Felipe logró asociar la voz del discurso incoherente a la de Jessica, supo que no estaba preso de una pesadilla etílica sino de una visión real. Pegó un brinco y empujó a Jessica con tal violencia que el cuerpo famélico se estampó contra el suelo como el de una marioneta dislocada, se incorporó de inmediato, arqueada por la ira. La sangre manaba a pequeños borbotones de un corte en el cuero cabelludo, empapando colgajos de pelo. De un manotazo arrampló con unas perdices, cuidadosamente colocadas encima de una mesa. El ruido de los pájaros estrellándose contra las losetas retumbó en el cerebro de Felipe. El polvo de las plumas desagregándose atascó su garganta. Agachó la cabeza justo a tiempo para esquivar un grupo de ardillas pegadas a unas ramas de resina. Furioso, Felipe saltó del asiento para abalanzarse sobre su obra más pesada, un zorro y una gallina unidos en una base de cemento. Tiró la carga con la destreza de un lanzador de jabalina contra la tripa usurpadora convertida en blanco. Al derrumbarse, Jessica emitió un sonido de cañería rota.

Felipe no dudó mucho a la hora de preguntarse como deshacerse del cadáver. Después de haberlo enfriado en la cámara frigorífica y puesto un rato en remojo, lo embalsamaría. Una vez terminado el trabajo, escondería la momia dentro del oso polar disecado. La costura de la panza estaba en mal estado. De todos modos, la hubiese tenido que restaurar. Mataría dos pájaros de un tiro.

El despojo de Jessica, alumbrado por focos de quirófano, yacía tumbado encima de una camilla de acero. El escalpelo brillaba listo para rasgar la piel. Un rasgado seco en el cuello seguido por un corte longitudinal hasta el monte de Venus. Dos cortes desde las ingles hasta la punta de los pies. Otros dos desde las axilas hasta las manos. El vaciado de vísceras, músculos y grasas, así como extraer el agua de los tejidos al fin de evitar cualquier amago de putrefacción, era cuestión de paciencia y buen oficio. Felipe tardó más de lo previsto en cumplir la tarea. La limpieza del cráneo resultó complicada, la piel del rostro, al ser tan fina, estuvo en varias ocasiones a punto de quebrarse. Se sintió aliviado cuando consiguió colgar el pellejo de un gancho. Tardaría un par de semanas en secar, podría construir sin agobios un esqueleto, andamio necesario para sujetar el envoltorio de Jessica.

Antes de acostarse, duchado y afeitado, examinó detenidamente al oso polar, la pieza más preciada de su colección. A pesar de estar algo deteriorado, seguía siendo una obra de arte. Tenía que dar lo mejor de sí mismo para que el contenido estuviera a la altura del continente.

Felipe, experto en anatomía y convertido en escultor, fue elaborando un delicado esqueleto de madera y alambre.

Una vez la piel rehidratada y curtida, Felipe la extendió encima de su mesa de trabajo, una mesa que su madre, costurera de profesión, usaba para labores de corte y confección. Colocado el esqueleto dentro de su funda, empezó la fase más creativa, la del relleno. Al no existir en el ámbito de la taxidermia moldes de poliuretano con contornos humanos, se vio obligado a recurrir a la técnica artesanal empleada por sus antepasados. Eligio el algodón por la suavidad de su textura. Moldeó piernas estilizadas, brazos contorneados, un vientre liso y duro, un talle fino y flexible, unos pechos para poder abarcar en las palmas de sus manos y un trasero redondeado.

Quedaba el rostro. Basándose en la foto del Facebook, fue reconstituyendo los rasgos. No pudo resistirse en acentuar los pómulos ni en redibujar una boca más pulposa. Cuando terminó el relleno, el rostro parecía otro. Le cogió tiempo decidirse por el color de los ojos. Se decantó por un cristalino verde agua orlado de negro. Confeccionó unas pestañas espesas y curvas, una melena cobriza y ondulada y se pasó horas buscando pigmentos adecuados hasta lograr una tez de Madonna renacentista.

Cuando después de días de arduo trabajo, el taxidermista contempló su obra acabada, el hombre cayó fulminado bajo los encantos de su mujer ideal.

Se pasaba horas contemplándola calentando con sus caricias la piel suave y tersa alentado por la sonrisa seductora de Jessica. Las horas se fueron convirtiendo en días, semanas y meses. Atormentado por la pasión que lo devoraba y lo enclaustraba en una vía sin salida, dejó progresivamente de comer. Bajo los efectos del ayuno tuvo una visión sobre el camino a seguir. Para dejar constancia de la metamorfosis de Jessica, después de haberla vestido con el traje de novia de su madre y haberla sentado encima de una butaca, Felipe cogió la cámara fotográfica y empezó a disparar. Colgó decenas de fotos en Facebook y anunció que, después de un breve noviazgo, tenía la alegría de hacer partícipe a sus amigos de su enlace con la bellísima señorita Jessica García.

Tres meses después de haber conocido a Jessica, Felipe la tomó en sus brazos, abrió la puerta de la cámara frigorífica y la cerró. Tumbó a su amada sobre el suelo brillante, se acurrucó a su lado prendido a su cintura y bajo una luz azulada emprendieron una eterna luna de miel.

Fin.

Resplandor en el amanecer.

 

Michael Kenna

Estaba corriendo. Sombras la fueron adelantando una tras otra. Se despertó vencida en la línea de meta. A Xia no le gustaba perder aunque fuese en sueños. Las agujas reflectantes del reloj de mesilla marcaban las  seis y media de la mañana. Le daba tiempo de ir a correr antes del desayuno, pensó en un duerme vela. Un poco más tarde bajaba las escaleras, vestida con ropa deportiva. Las paredes del hall estaban cubiertas de fotos suyas colgadas en orden cronológico. La primera correspondía a su tercer cumpleaños. Sus padres adoptivos sujetaban a cuatro manos a la hija recién llegada de China. En la última tenía diecisiete. La edad la había convertido en una adolescente fibrosa de mirada desafiante; los brazos de sus padres, tan blancos, se enredaban en la negrura de su melena; sus ojos redondos y claros buscaban la abertura oblicua de los suyos.

Al salir de casa, el día despuntaba. Flecos de noche se agazapaban en los aleros de las casas, en los recovecos de la carretera. Al dejar atrás el pueblo ya trotaba a buen ritmo. Una luz algodonosa  había rellenado las sombras. Empezó a adentrarse  en el valle. Los altos de las laderas se difuminaban en la niebla. Transportada en sueños, oía sus pisadas, visualizaba su aliento. La meta estaba cerca. Una línea negra a unas cuantas zancadas. La  franqueó, brazos en alto, sin mirar atrás. Soltó un grito al notar como un cable duro se  clavaba en la tripa y unos pinchos desgarraban la tela del chándal. El cable de separación debía de estar distendido porque, bajo el impulso de la carrera, cayó con ella.  Por primera vez en su vida se encontraba en el bosque, propiedad atrincherada de unos extranjeros. Tras pantallas de bruma translúcida se divisaban siluetas de  pinos y abedules. Después de liberarse de la alambrada, se tumbó boca arriba, y empezó a inspirar y expirar hondo para recobrar el aliento. Un olor a humus invadió sus pulmones para ceder paso a esencias más ligeras. Una mezcla dulce y salvaje de prímulas y narcisos, de musgo, de savia, de corteza y de clorofila.

 Xia andaba muy despacio, como nunca recordaba haberlo hecho, ella tan inquieta. Se dejaba guiar por el ruido  familiar de un riachuelo que jamás había oído. Su cuerpo deshilachaba paneles de niebla. En un estanque flotaban flores de loto. Atraída por su belleza se agachó para coger una.  Al hacerlo, surgió, rodeado de pétalos, el rostro de una mujer muerta idéntico al suyo. Al  acariciarlo, las mejillas se colorearon, los ojos se abrieron plisados por una sonrisa. La boca se entreabrió. Xia empezó a tararear una canción de cuna en un idioma desconocido.

Sonó el despertador, el rostro desapareció en un remolino de agua turbia. Xia acurrucada en posición fetal, se acunaba  bajo la sábana blanca al son de una melodía originaria del monte Lu Shang, perteneciente a la provincia de Jiangxi.