![perro_muerto_1963[1] perro_muerto_1963[1]](http://annefatosme.files.wordpress.com/2009/05/perro_muerto_19631.jpg?w=584)
Perro muerto. Antonio López
Ruby observaba como las agujas de los tres despertadores de hojalata, colocados encima del pecho flácido de la vieja, iban avanzando a destiempo con extrema lentitud. Faltaba poco para que su hermana la relevara. Turnos de cuatro horas cronometrados al segundo. Al tener los oídos obstruídos por tapones de silicona, Ruby no podía apreciar el tic tac de las agujas ni el ruido estridente de las alarmas falseando el tiempo. Del estruendo de las obras de la calle Serrano, entrando a raudales por las ventanas discretamente entreabiertas, solo apreciaba el efecto. El polvo. Opacaba los muebles de caoba, rellenaba de cemento las arrugas de la máscara enjoyada depositada sobre la almohada. Tótem, con ojos de sapo, envuelto en sabanas de hilo. Cuencas negras devorando la cara macilenta emergiendo del camisón de encajes. Encañonados. Bendita televisión. Torturas psicológicas explicadas al dedillo. Mal llevadas en Guantánamo por falta de personal. Exquisitamente planeadas en pleno barrio de Salamanca por dos hermanas medio analfabetas, huyendo de un padre violento, pero muy disciplinadas. De eso se había encargado la señora durante veinte años. Con mano dura. La letra con sangre entra. Nada nuevo. Entre el menú de torturas las dos hermanas habían elegido uno: la falta de sueño. Absoluta. Los ojos abiertos veinticuatro horas sobre veinticuatro. Ni un segundo de descanso. Afables torturadores con cofia sirviendo desayuno, comida y cena en bandeja de plata. Caprichitos culinarios engullidos a la fuerza, nada de desnutrición, con la tele puesta a toda potencia saturando los auriculares día y noche. Al principio una mirada furiosa, una mueca autoritaria habían deformado aun más la cara absurda de la ventrílocua despedida de golpe y porrazo. Deliciosa sensación, la de depositar, con guantes blancos, alguna que otra cucaracha sobre los brazos fofos de la solterona déspota. Atención de la cocinera. Caparazones relucientes bajo luces perpetuamente encendidas, recreándose entre pelos erizados, olfateando el olor agrio de la vejez filtrada por los poros, anidando en la nuca bajo el pelo ralo, pegado por el sudor. Cuerpo sin familia. Fortuna destinada a la iglesia y a dos mendas, servidoras, no faltaría más. Testamento redactado ante notario cinco años atrás después de una hemiplejia. Las hermanas, eufóricas, haciendo planes de futuro a pie de playa viviendo como reinonas. La señora mientras tanto, encerrada en casa, tirano doméstico con pulso a prueba de bombas, paseándolas, pasillo arriba, pasillo abajo, como caniches con correa tirante. Las sirvientas, estranguladas por pinchos de oro macizo, teniendo que acompasar sus pasos todavía elásticos, al chirriar exasperante de la silla de ruedas.
Sonó la alarma del primer despertador. Los ojos abiertos de la vieja no parpadearon. Ruby tomó el pulso. Latía irregular y prácticamente imperceptible. Dio un brinco de alegría. Lo estaban consiguiendo. Salió del dormitorio para avisar a su hermana. Tenían que asear a la moribunda. Dejar el dormitorio impoluto. Eran las diez de la mañana, con un poco de suerte la señora moriría a la hora de la siesta. De un infarto.



