Vida y muerte de las estatuas.

Vida y muerte de las estatuas. Victoria Diehl.

 

 

Me llamas muerte en el alma, hielo, ¡si supieras cuanto me gustaría sentirme tal y como me describes!  Un muerto dejó de sufrir, el hielo no teme la descomposición que tan lentamente me corroe. Nunca entendí el significado de la palabra tiempo, péndulo de luz y de sombras, ni el escenario donde se mueven  los otros amparados tras cortinas rojas, color de la pasión, color crucificado sobre mi piel. Mi morada es fría, una planicie verde de  cansancio donde acampa el desamparo. En cuanto a la ira y al resentimiento ¿Cómo podría un corazón al que le cuesta sobrevivir albergar tales sentimientos? ¿Cómo podrían besar unos labios donde la sangre  arrastra la muerte disfrazada de carmín, y amar un cuerpo cuyo dueño es el abandono? ¿Cómo?, dime, tú que no eres más que la sombra de lo que fui.

Caminando por las calles de enero.

 

Oleg Dou.  Another face.

 

Caminaba por las calles de enero.  El viento y la lluvia le azotaban el rostro con fuerza. A pesar de sujetarse las solapas de la gabardina alrededor del cuello, gotas de agua que chorreaban de su gorro, lograban colarse hasta su espina dorsal erizando su piel cubierta por una camiseta cogida al azar. Una camiseta de verano. Una camiseta de verano en pleno invierno… nunca le hubiese ocurrido esto antes ¿Antes de qué? Antes de que la despidieran, antes de la mudanza. Antes del verano. Antes.

Antes era ahora y ahora caminaba por las calles de enero para rellenar el tiempo, para no perder el juicio, para dar un sentido a su vida, para no quedarse parada como los parados que siempre había calificado de vagos. Andaba hasta derramarse exhausta en la silla de un bar donde se quedaba horas mirando como  la consistencia acuosa del café adherido a la taza se iba secando, para después resecarse y quebrarse. Se sentía, cada vez más a menudo, como el café: seca, reseca y quebrada.

 ¡Quebrada, no! ¡Jamás! Este adjetivo no hacía parte de su vocabulario. Se marchaba muy erguida alejándose con desprecio del maldito café, su amargura pegada al paladar, y caminaba de nuevo por las calles de enero.

Quizá fuese por el tiempo, pero, hoy, el trabajo de caminar le estaba resultando más duro que nunca. Delante de unos grandes almacenes se tropezó con una masa de  ojos febriles y rojos. Miles de voces le chillaron con altavoz ¡Apártate de nuestro camino, chiflada! Huyó, tapándose los oídos. Se dio de bruces con una mujer con sombrero de panamá deformado por el agua, gabardina chorreante y mirada perdida. Se excusaron ambas con un mismo balbuceo.  Algo reconfortada por este encuentro, se sintió menos excluida de la brutal soledad producida por la horda, dispuesta a reanudar su trabajo.

Un pie delante del otro, 60 latidos al minuto. La vida no era tan complicada después de todo. Bastaba esforzarse hasta que amaine el temporal. Visto la que caía, la palabra le hizo gracia. Después de aplicarse en cumplir su tarea, en subir y bajar muchas escaleras de metro sin coger ninguno, de esperar un bus que nunca llegaría, de pisar cristales rotos en esquinas heladas, de ver demasiados cuerpos sin nombre bajo techos de cartón y demasiada basura en la frialdad de demasiados rostros, después de todo aquello decidió cogerse la tarde libre.

 Compraría unos cuantos tetra bricks de tintorro antes de volver a casa, se quitaría el sombrero deforme, la gabardina empapada y allí, en la oscuridad de su dormitorio,  dejaría de contabilizar sus pasos, de mirar el segundero del reloj, de atesorar los latidos de su corazón y se moriría una tarde más para tener el valor de  despertarse a las siete en punto de la mañana y afrontar otro día de trabajo: caminar por las calles de enero.

Nada.

 

 

Oleg Dou.

 

Los alaridos de la bestia se estrellan  contra la bóveda de mi  cráneo.  Sus puños cerrados  apalean  mi rostro con la misma cadencia que el punchinball de su gimnasio.

 Mi cabeza es  latido rojo.

Me desparramo sobre el suelo como las lentejas que le hice para cenar y me tiró a la cara. Basura, digna de ti, me murmuró  al oído, mientras me agarraba del cuello resoplando  ira.  

La bestia remata su faena acribillándome a patadas. Vislumbro el brillo de sus zapatos que lustré esta mañana. Intento  no hundirme  entre las lamas del suelo, evitar el naufragio, no ahogarme en el  embiste de  las olas de sangre que azotan mi garganta. Una ráfaga de granito me clava sus esquirlas. Un grito brutal quiebra la tormenta. En la luz negra del piso, el machaque de los zapatos  se  aleja  aplastando  la tarima revuelta.  El relámpago de la luz del rellano rasga  en dos  la sombra  que se alisa la chaqueta para salir a la calle. El doble  giro de la llave aprieta mi garganta con nudo corredizo. Oigo a lo lejos mi respiración sibilante. La piedra me invade reventando presas;  el torrente de mi sangre  arrastra mis despojos.

De mí no queda nada. Solo un estilete de piedra.

El sol de Liv. Cuento de navidad.

El sol de Munch.

Con sus manos de anciana, Liv acariciaba las flores de hielo dibujadas sobre el cristal de la ventana. Liv amaba la belleza, la usaba como antídoto contra la tristeza. La espiaba, y cuando la encontraba, en una lectura, en una imagen, en la fugacidad de las nubes, o como ahora, en unas flores de hielo, se abrazaba a ella. Al calor de su contacto la mayor pena se disolvía como por arte de magia.

En el jardín de al lado, Annika y Greta, las niñas de los vecinos, jugaban.

 ¡Cuánto las quería! Percibía sus voces risueñas, el crujido de la nieve bajo sus pisadas y el ruido de sus manos amasándola ¿Estarían erigiendo un Santa Klaus como manda la costumbre, o intentando dar forma a un ser incongruente a la imagen y semejanza de uno de estos juguetes fabricado en la otra punta del mundo? Seguía sin acostumbrarse a la idea de que unos objetos elaborados en sitios tan lejanos pudiesen  llegar hasta Strovik, pueblecito perdido en un fiordo noruego.

 El mundo giraba, cada vez más veloz, su niñez pertenecía a un mundo extinguido donde se pasaba mucho frío en Navidad y donde no se usaban estrellas eléctricas para adornar la oscuridad. En el mismo momento en el que este pensamiento se estaba formando en el cerebro de Liv, un corta circuito lo electrocutó… tan violento, que Liv (que no resintió este fenómeno como interno sino como externo) tuvo que cerrar los ojos                          estaba jugando al lado de la ventana con la muñeca de trapo que le había traído Santa Klaus, cuando su padre se acercó con una sonrisa dibujada en la cara y las manos escondidas tras la espalda.

-¡Niñita, tengo una sorpresa para ti!

Liv, con la agilidad de la gata de la casa, se precipitó hacia su padre, lo contorneó y empezó a sacudir las manos enlazadas entre sí.

Es algo redondo, pensó al tocar las manos abombadas…

Es una pelota pequeña, razonó algo decepcionada.

Cuando su padre  abrió las manos,  Liv  pensó haber acertado: era una pelota. Una pelota naranja. Al cogerla, le sorprendió su tacto granulado, su firmeza blanda y, al acercarla a su nariz, su olor entre ácido y dulce.

-¡Liv… es una naranja! ¡Papá te ha traído una naranja! Una naranja que viene del país que tienes dibujado en tu libro de lectura, ya sabes, la estampa que tanto te gusta… donde el mar y el cielo se funden en azul, donde las flores crecen en la cuneta, donde los frutos cuelgan de las ramas de los árboles, donde los niños juegan medio desnudos bajo un sol que no te abandona…

Liv, alzó la naranja a la altura de sus ojos, la fruta empezó a girar como una peonza, cada vez más rápido,  como un sol alegre, loco y cálido… del suelo brotaron amapolas, de los muebles de madera salieron ramas empujadas por la savia, de las ramas nacieron hojas brillantes y, en medio de estas hojas… jugosas naranjas. El paisaje estaba bañado por una luz vibrante.  Liv  tuvo que usar sus manos  a modo de visera para poder apreciar el azul del mar y del cielo que tanto añoraba.

Soplaba una brisa ligera, y en ella, preservado como en un estuche, sonaba el eco de las risas de Annika y Greta. Bajo el calor de la mejilla de Liv, las flores de hielo abrieron sus pétalos llenando su olfato de un delicado perfume a azahar. Se sentía tan feliz que encadenaba suspiros y risas en completo desorden.

Cuando se hubo repuesto de sus emociones, se puso el abrigo, el gorro y los guantes, cogió la naranja, dispuesta a compartir el regalo con sus amigas. Salió con tal ímpetu que las estrellas de luz del árbol de navidad empezaron a parpadear a toda velocidad.   

P.S. dedico este cuento a Ernesto, así como a su familia, con todo mi cariño.

¡FELIZ NAVIDAD A TODOS!

El año pasado, decidimos, entre unos cuantos colegas blogueros, escribir unos cuentos de Navidad y enlazarlos. La iniciativa nos resultó tan enriquecedora que hemos decidido repetir este año. Iré añadiendo los enlaces de los cuentos conforme vayan saliendo.

http://mercedesmolinero.wordpress.com/2011/12/12/mi-abuela-rosario/

http://apuntodecaramelo.wordpress.com/2011/12/14/con-el-ala-a-sus-cristales/

 Polvo de estrellas, en Navidad. | La Sinfonía de la Vida

http://pipermenta.wordpress.com/La navidad es un cuento

 http://conchahuerta.com/2011/12/16/cuento-de-navidad

http://minicarver.wordpress.com/2011/12/17/regalo-de-navidad/

 Hacia la navidad

Micromios Blog-A tiempo-

Un sueño…, en tiempos de Navidad…Cruz del Sur

Cuento de Navidad de Joaquín Sarabia

Don Sapo y la navidad de Rubén García García

http://transeuntenorte.blogspot.com/2011/12/la-voz-otros-debida-la-navidad.html

http://auniveaudelamer.wordpress.com/2011/12/17/christmas-dreams/

JusamawiNavidad y todo lo demás

Cierre temporal por falta de tinta.

 

Edward Munch.

 

 

Bajo mi piel crecen jardines oscuros,

sobre el agua del rio

flotan sus hojas índigo,

mi pluma se ha quedado sin tinta

y mi mente en blanco

aspirada por sus remolinos.

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